Qué exactamente se hace en una sesión de Arte Terapia

Aunque cada vez son más las personas que conocen la Arteterapia, aún es un modelo de terapia que no es masivamente reconocido y por tanto deja inquietudes o puede producir malos entendidos. Así que me parece importante señalar de modo simple, qué exactamente se hace en una sesión de Arte terapia.

Desde hace poco más de un siglo, a principios de 1900, Sigmund Freud empezó a expresar la importancia de lo que llamó Talk Therapy (terapia de conversación) para sanar los problemas emocionales y mentales de las personas. Instauró además un método en donde esta «cura por la palabra» se llevaba a cabo de una forma en que el analista callaba mientras el paciente hablaba, usualmente acostado en un diván y sin mirar a la cara de su psicoanalista. Esta imagen se volvió icónica y muchas personas la tienen en su cabeza al pensar en acudir a un proceso psicoanalítico. Luego esta idea se fue sustituyendo por la imagen de paciente y terapeuta hablando cara a cara, uno en un sillón y otro en una poltrona (usualmente el terapeuta), o en dos poltronas de igual a igual, como es el caso en las terapias más actuales. Este cambio obedeció a que se hicieron populares otro tipo de terapias diferentes a las psicoanalíticas, las cuales no trabajaban con el diván, ni el terapeuta guardaba silencio, sino que se fomentó y estudió por muchos años (hasta hoy) el uso de la conversación terapéutica, como herramienta que bien usada por un profesional experto y entrenado, se demostró que ayuda a que las personas sanen heridas emocionales, transformen sus vidas, profundicen en su autoconocimiento. Hoy en día, es esta la idea e imagen que se tiene cuando se piensa en acudir a un terapeuta.

Por esto cuando piensas en ir a terapia, no se te ocurre pensar en ir a un espacio que parezca un taller de clases de arte como el que tenías en tu colegio, o a bailar, actuar, hacer música o cerámica. Sin embargo, después de la segunda guerra mundial, en Europa nacieron las terapias de Artes Expresivas. Las cuales usaron diferentes expresiones y medios artísticos para ayudar a sanar a excombatientes de los traumas de guerra. Fue el británico Adrian Hill quien acuñó el término Arteterapia en 1942, después de que él mismo probara el arte en su recuperación, y desde 1940 trabajara en un hospital con heridos de guerra.

Así que ochenta años después, aunque ya se han formado asociaciones mundiales de arteterapia, y en países como el mismo Reino Unido, esta disciplina hace parte de las profesiones acreditadas de salud, las terapias expresivas terapéuticas luchan aún por mostrarle a las personas que hay otra forma de sanar, que si bien no excluye la palabra y por supuesto la conversación con el terapeuta, sí le apuesta a propiciar el proceso creativo, y por esto en una sesión de Arteterapia se destina un tiempo muy importante de la sesión al ejercicio de hacer arte creativo, libre e intuitivo. No se enseñan técnicas artísticas ni se da una clase de arte, sino que se fomenta la creación que resultará de material de introspección y autodescubrimiento.

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Si dividimos una sesión de arteterapia en ciertas fases, lo que se realiza en una sesión tiene las siguientes características:

  1. Check-in: Este es un momento de pausa para conectar con el estado emocional de la persona que consulta. Hablamos sobre cómo se siente, si ha pasado algo nuevo que debamos conocer para el proceso, o permitimos un aterrizaje de la persona en la sesión. A partir de este momento definimos cuál es la intención que la persona trae para esta sesión, y pueden haber ajustes para el resto de lo que vendrá en el tiempo de consulta.
  2. Momento de respiración y grounding: No todos los arteterapeutas utilizan la respiración o el mindfulness, pero a mí personalmente me parece que en todas o casi todas las sesiones, es importante invitar por un momento breve a la consciencia del cuerpo, la respiración y propiciar la quietud y la calma. También porque en este momento pueden introducirse elementos de visualización de lo que se trabajará seguidamente en la parte de la creación artística, y así resulta ofreciendo el ambiente emocional adecuado para iniciar la parte activa.
  3. Parte de creación de arte: Puede pasar de diferentes formas, dependiendo de los objetivos del tratamiento, qué le sucede a la persona, qué materiales hay disponibles. Primero hay un tipo de creación de arte desestructurado. El cliente lidera qué quiere hacer, y se permite elegir, por lo que es más auto dirigido y abierto. El otro tipo es hacer arte estructurado, el cual es más dirigido por el arteterapeuta. Éste da consignas u ofrece una guía dando al cliente alguna dirección acerca de lo que podría hacer. Sin embargo, el consultante siempre también decide. Solo se va explorando y permitiendo que la persona se explore. Cada actividad es elegida de acuerdo a las necesidades del consultante, su historia, su experiencia previa, etc. Todo esto se considera. Durante esta parte el arteterapeuta puede estarle ayudando a la persona, o dándote espacio en silencio, o se puede hablar si la persona lo necesita y lo propicia. Siempre dependerá de qué es lo más terapéutico para esa persona en ese momento.
  4. Discusión o Proceso verbal: Esta parte es muy importante para integrar lo que ha surgido en el proceso. Sin ella sería difícil para las personas sentir que están en control de lo que pasó, o ganar alguna perspectiva sobre su situación. Usamos el trabajo de arte como metáfora para encontrar nuevas soluciones. Esta parte también puede ser desestructurada o estructurada. Pueden haber preguntas del terapeuta o simplemente hablar y expresar pensamientos y sentimientos. Se puede hablar acerca de la obra, o acerca de cómo la hizo, o los sentimientos que surgieron, depende de lo que necesite la persona.
  5. Cierre: En esta parte el terapeuta puede ayudar a crear un cierre, y transición entre la sesión de arteterapia y la vida real. A veces se hacen rituales o se preguntan sobre las sesiones, qué viene en adelante, o qué quisiera hacer antes de la siguiente sesión. También pueden haber rituales físicos como hacer algún check-in físico o ejercicio de movimiento.

Estos son los cinco momentos o fases de una sesión de arteterapia. Así que si te interesa este probar este tipo de terapia, tanto online como presencial en el consultorio/taller de un arteterapeuta, ya sabes que la próxima vez que pienses en ir a terapia, no necesariamente se tratará de hablar y hablar durante horas. Puede que descubras que untándote las manos y moviéndolas para crear, te conoces más y lo pasas mejor.

Por Emma Sánchez

Lo que me ha pasado al no tener redes sociales en mi teléfono móvil

No soy detractora de tener redes sociales, pero me cansé de observar mi propia adicción en aumento y constatar las tendencias vacías o superficiales a las que nos puede arrastrar un grupo de grandes compañías de tecnología. La relación del hombre con la máquina tiene una psicología importante que hay que estudiar y también difundir. En especial cuando hablamos de una maquinita fascinante y cada vez más novedosa que llevamos todo el tiempo en el bolsillo, en la mano, ubicamos todas las noches junto a la cama, y tenemos casi todo el día frente a los ojos: el teléfono móvil.

A medida que avanzo en edad obtengo más consciencia y terrible claridad sobre la importancia del tiempo en la vida. Un tiempo destinado a una actividad le roba tiempo a otra. Y he sentido que tal como el dinero, el presupuesto de tiempo con el que tenemos que lidiar todos los días a veces se nos sale de control, y luego nos vemos sin nada y acumulando una deuda de tiempo (actividades por hacer) que nos desespera. Pero no solo se trata del tiempo de actividades por hacer, también de las actividades que corresponden a sueños que quisimos ver cumplidos y que por estar con este desorden de tiempo que no alcanza para nada, entonces nunca vas a iniciar y no vas a verlos realizarse. Así mismo, el tren bala del tiempo pasa por sobre tus espacios para vínculos y de manera preocupante aplasta los de tu autocuidado emocional. Todo lo demás se vuelve más urgente y para nada hay mucho tiempo, ni siquiera para ti.

De lo que si soy adversaria es de un sistema social que nos deja cada vez más pasivos. Una vez le dije en chiste a mi madre que por qué no me dejó nunca tener televisión en mi habitación, y por qué alguna vez me decomisó un videojuego y nunca más lo volví a ver. A lo que ella respondió sonriente: «Y gracias a eso es que sos tan creativa». Doy tantas gracias a mi madre por comprarme libros a montones, papeles y libretas para dibujar, materiales, música, instrumentos, muñecos que me obligaban a construir fantasías e historias. Que protegió mi espacio llenándolo de estímulos a la curiosidad y la invención. Así a ella le costara teléfonos de cable que quise volver inalámbricos, y paredes que pinté, y juguetes que destrocé. También vi televisión, pero ya en mí se había sembrado el deseo de invertir ese tiempo viendo algo bueno, y recuerdo que eso hizo que no fuera una adolescente tan adicta a las comedias con risas pregrabadas de mi época.

Las redes sociales de hoy no son tan controlables como elegir no ubicar el televisor en una habitación. Y así llevamos más de una década de dedicación cada vez mayor de nuestro tiempo, sentidos corporales, mente y emociones al mundo virtual que se proyecta en esa pantalla que cargamos con nosotros como el anexo del brazo.

He tenido una incomodidad desde hace rato con esto. La niña que fui a veces me quiere jalar de los pelos para que presté atención a las increíbles posibilidades de juego, creatividad, cultivo de la inteligencia y del cuerpo que hay aquí afuera, pero la adicción (Sí, eso es lo que se ha demostrado que nos causan las redes sociales a nivel cerebral) es más fuerte. Se ha visto que los likes nos activan el sistema de la dopamina en el cuerpo, que básicamente nos lo despierta cualquier sustancia o actividad o pensamiento que nos causa una gratificación o placer inmediato. Y cuando caen estos niveles químicos queremos más, más y más. Más de ese pastel de chocolate, más de ese pase de cocaína, más de esos likes o imágenes o videos de entretenimiento con gente haciéndose de comediante, bailarín o influencer.

Está demostrado en el mundo que a pesar de que millones de personas reportan haberse sentido mal en su autoestima, ansiedad o tristeza al entrar a redes sociales, aún así lo siguen haciendo. ¿Y por qué nos hace sentir mal?, porque se convirtió ya no solo en un lugar virtual al que vas a encontrarte con tus amigos cercanos para tener una conversación, sino una pasarela de vidas ficcionadas, guionizadas, y retocadas que te embelesan e incrementan tu comparación social. Se ha hablado incluso del Síndrome del FOMO (Fear of missing out) en el que entras compulsivamente a las redes pues quieres verificar que no te estés perdiendo nada interesante o importante (noticias, eventos, lo que están haciendo tus conocidos, etc).

Son muchas las razones personales, a las que sumaría mi diferencia ética con Mark Zuckerberg y mi sensación de frustración de que proyectos personales que requieren esfuerzo y dedicación marchen tan lento porque en el día pasé 3 horas en Instagram (sí, ese fue mi promedio por al menos los últimos 3 o 4 años). Multipliquemos aunque sea fastidioso: 3 por día, son 21 por semana (y eso que el fin de semana subían mis cifras), que son 84 horas al mes, que son 1.008 horas al año. Lo que son 42 días completos de 24 horas. Si le descontaras las horas en que duermes y dejaras solo las horas normalmente productivas, esto te da más de 100 días productivos que tiraste al traste durante un año. Ahora sí se siente más el impacto. 3 meses de tu año hubieran podido estar llenos de horas de creación de ideas o proyectos emocionantes, de introducción de conocimientos que te impulsen, de ocio y tiempo libre que te ofrezca relajación, salud mental o destrezas nuevas.

¿Y qué pasa con los que somos emprendedores digitales? me dirán. Pues esa fue la trampa en la que yo también caí. Pensar que porque parte de mi negocio estaba en Instagram y yo debía llegarle a nueva audiencia o clientes, tenía además que ser como un robot contratado de Community Manager, estar ahí pendiente en tiempo real de cada comentario, mensaje, like, opinión. Y además, los que diseñan estas redes nos la están cobrando a los emprendedores digitales poniéndonos cada vez algoritmos más complejos y que nos lleven a pagar más en publicidad y a entregar gratis todas nuestras ideas, creaciones de los artistas, vida privada a la audiencia, y hasta tenemos que convertirnos en bailarines de Reels o dedicarnos a la fonomímica graciosa.

¡Me cansé! Y decidí tomar cartas en el asunto. La niña sabia que hay en mi, y la adolescente que le gustaba tener tiempo para filosofar y leer, me jalaron las orejas. ¡Qué paradójico que mis versiones juveniles fueran más sabias que la mujer de 40! -al menos en lo que a esto respecta-.

Eliminé mi cuenta de Facebook. Me salí de Whatsapp y migré a Telegram. Ya les dije que por razones políticas. No tengo Tik Tok y por supuesto no soy de la época de Snapchat, pero si tu eres de esa época salte de ahí pronto. A Twitter lo veo por navegador, como no más de 5 minutos al día. ¿Y qué hacer con Instagram?, que es donde tengo varias cuentas, y algunas con miles de seguidores.

Bueno, estoy poniendo a prueba las mentiras que me he metido sobre los canales en los que puedo exponer mi trabajo, mis ideas, o por los que llegan mi futuros clientes.

Para empezar, eliminé la app de Instagram del teléfono móvil (en Colombia le decimos celular. No sé porqué). Y ya que los diseñadores de Instagram pueden ganarse un premio a la gente más astuta del planeta, pues sabemos que por el navegador no podemos tener acceso a muchas funciones que si realizas por la app, me quedé con la app desde el ipad. Mi celular no tiene ninguna red social hoy, solo Telegram que es más una red de mensajería instantánea, y no más.

¿Qué pude observar que pasaba conmigo?

Extendía el brazo al teléfono constantemente como movida por un impulso de hacer algo aparentemente muy importante. Entraba en automático y cuando me daba cuenta estaba buscando la app y recordándome que ya no la tengo ahí. Y esto me ayudaba a detenerme. Hice la investigación conmigo misma preguntándome: ¿Para qué necesitas entrar a Instagram? ¿Es eso una necesidad o el antojo de la adicción? ¿Es necesario que entres en este momento o lo que vas a hacer puede esperar?

Teniendo el ipad más de lejos, me daba tiempo para responderme esto. ¿Y qué me respondí el 95% de las veces? que los motivos que nos damos para entrar suelen ser: A. «que voy a ver si me han escrito, comentado o cómo van los likes de mis posts», o B. «que quiero chismear que hay de nuevo, qué ha puesto la gente… no sé». Luego, me daba cuenta que la tal «necesidad» no era necesidad porque incluso si había mensajes, nada suele ser urgente ahí. Lo que me llevaba a responder la tercera pregunta: perfectamente puedo entrar un momento al medio día o al final del día. Ni el mundo se habrá acabado ni yo me habré acabado para el mundo. Nadie me extrañará ahí, porque saben qué, como muchos ya lo dicen, en realidad Instagram no es tan «red social» como nos quiere hacer creer. No en el sentido de lo que una comunidad bien vinculada es.

Tuve incluso la experiencia de ir a un festival un fin de semana y querer grabar unos videos con mi teléfono y hacerlo para mi, no para subirlo a historias, ¡y nada se perdió! Y tuve también la experiencia de ir a la naturaleza, tomarme fotos y hacer videos que quedaron para mi en mi teléfono y nadie tuvo que saberlo en una historia de fin de semana. Por supuesto que no es la primera vez que me guardo muchas cosas para mí, pero se sentía raro ni siquiera tener la opción en el teléfono.

Como si me estuviera recuperando de una adicción, a veces quiero recaer, y se me vienen pequeñas ideas de que estaría más divertida o entretenida en este instante si abro Instagram y esto lo cuento más bien en historias. Pero luego sé que es falso. Estoy feliz de escribir en mi blog, de estar escribiendo mi proyecto de libro, de entrar solo cuando tengo algo relevante que postear, de dedicarle solo 30 minutos de mi día, o a veces menos, y ver de forma específica los últimos posts de las cuentas que realmente sé que son más relevantes para mi.

Tengo más placer y paz a largo plazo si soy dueña de mi vida, la creadora de mi creación. No la esclava adicta de una industria de la que no saco -verdaderamente- nada. Lo que me aporta en mi vida está fuera del móvil, y yo he decidido volver a estar fuera de ese lugar.

Emma Sánchez

Darnos permiso

Darnos permiso de hacer cosas solo porque se sienten bien. Por ninguna otra razón. Con ninguna otra utilidad. ¿Por qué a muchos les parece una perdida de tiempo?

No me gustan muchas cosas del mundo en que vivo. La que más me parece indignante es la cultura de la productividad. La carrera a contrarreloj en que se nos ha convertido la vida. El deseo incansable de escalar, la narrativa omnipresente de que debes llegar más lejos, siempre más lejos. Me incluyo en ese nosotros aunque he hecho todo lo posible para salirme de ese esquema.

¿Qué cosas he hecho para construir un estilo de vida en donde la cultura del afán por la productividad y la carrera al éxito no me alcancen?

He buscado construir una forma de trabajar en la que pueda organizar mi tiempo. Esto ha supuesto que sea independiente o acepte solo contratos freelance o por horas.

He organizado mi vida de tal manera en que cada día tenga espacio para mis hobbies: leer, escribir, dibujar o pintar, ver cine, aprender, respirar, sacar a mi perro al parque y conectar con la naturaleza. Es decir que tengo establecido que 2 horas en la mañana y 4 horas en la noche (de 6.30 a 10:30 p.m.) son para esta área de mi vida. Seis horas diarias de creatividad, relajación, diversión, inspiración, introspección, motivación y conexión con lo que me aporta valor.

Mi vida está llena de actividades que me dan placer, que mueven mi curiosidad intelectual, que me permiten inspirarme y aportan a mis ideales y a mi sentido estético de la vida. Solo así, yo como sujeto social puedo servir y ser útil a mi comunidad.

Pero esta vida que yo he organizado no se la pueden -o se la saben- dar muchas personas. Además, tampoco pienso que todos deban vivir exactamente como yo, lo que creo es que (y lo he visto siendo terapeuta) las personas pasan todas las horas de su día consciente, corriendo o extenuados. Y esto impacta tan negativamente su salud mental y física que luego al ver las consecuencias desearían haber tenido otras decisiones, haberse permitido cuestionar sus creencias, sus mandatos internos, y haber relativizado sus objetivos de vida.

La mentalidad de la productividad inició en el mundo como efecto de la sociedad industrializada, la cual empezó a agilizar los procesos industriales y a fortalecer un sistema laboral, económico y social que ha resultado sobrevivir a costa de la salud mental de las personas.

Al día de hoy cada vez son más aquellos que prefieren des escalarse de esa escalera infinita de metas y logros, para volver a priorizar el tiempo; tiempo para sus vínculos, sus viajes, su descanso, su ocio, su salud. ¿Y cómo hacer esto sin caer en la quiebra o tener que vivir en la escasez? Pues ésta es precisamente la ecuación que nos ha tocado resolver. En mi caso puedo decir que he ganado más dinero trabajando como independiente del que hubiera hecho como empleada, y lo digo con conocimiento de las escalas salariales en mi área profesional.

Pero a la vez descubrí, después de tres años como total independiente, que también me estaba saturando de trabajo de un modo abrumador. Así que el asunto de darme permisos para retornar a lo que para mi es valioso, a dedicar tiempo a temas que tal vez no tengan como objetivo o razón la productividad o la monetización, volvió a aparecer como un objetivo relevante en mi vida. Reafirmé que me niego a pasar los años que tengo de vida, de funcionamiento adecuado de mi mente y mi cuerpo, siendo una esclava para un sistema económico y social tirano e injusto.

Y me volví a des escalar. Decidí buscar vías en que pueda tener los mismos ingresos con menos horas de trabajo, y me refiero alrededor de 5 o 6 horas al día. Y esto me requirió pensarme en el nivel de ingresos que al menos a mi, que llevo un estilo de vida minimalista, de poco consumismo y sin necesidades de ostentación y apariencias pudiera satisfacer. Y adivinen qué; se puede. No es imposible enfocarte 6 horas diarias con pasión y creatividad, y ser más inteligente en la inversión de tu energía mental y física, teniendo resultados iguales o hasta mejores que los de las 10 horas en la oficina sumadas al tiempo respondiéndole los chats al jefe hasta media noche. En un estudio reciente en Inglaterra se daban cuenta que realmente la gente es «productiva» el 45% del tiempo de su jornada laboral. Así que dejémonos de cuentos y cambiemos ideas obsoletas.

Así volví a descubrir la gran satisfacción de conectar con cosas como el arte, que aunque en nuestra sociedad colombiana sea tan poco valorado porque «no es útil», no es productivo y por tanto irrelevante, yo sé que es una dimensión esencial del ser humano y de mi personalidad. Pero no nos quedemos en el arte, que es mi elección, puede que lo tuyo sea el deporte o aprender un juego, o cocinar pasteles y galletas. Da igual.

Gabriel García Márquez decía alguna vez sobre el oficio de escribir: «Lo que más me importa en este mundo es el proceso de creación. ¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?».

Gabo se dio permiso de ir haciendo un trabajo y un camino en un campo del que siempre se dice que «no se vive», que no paga las facturas. Y ya sé, no todos somos Gabo, me dirán. Pero no hay más de estos en el mundo, no porque no puedan haber más sino porque el sistema educativo y laboral está aniquilando nuestra creatividad y la expansión de nuestros talentos y pasiones. Y el tiempo para desarrollarlos con plenitud y libertad. Y la confianza para que te creas capaz de conseguirlo. Ahí está tu esclavitud y debes verla.

Darnos permiso de ser libres, requiere en el mundo de hoy la renuncia del ego, de inseguridades sembradas a punta de lavado de cerebro, y el coraje de vivir mejor, implique lo que eso implique.

Emma Sánchez

Cómo me ha liberado emocionalmente la pintura abstracta

Dibujar por la línea. No salirte. Colorear hacia el mismo lado. Cuidar la proporción. Usar la perspectiva realista. Todas estas frases dichas por nuestras primeras profesoras de arte, o nuestros padres. Nadie nos felicitaba mucho por dibujar fuera de la línea, salirnos de la hoja, colorear hacia todos los lados, desproporcionar figuras o jugar con la perspectiva. Y sin embargo, todo esto lo han hecho los grandes artistas. Y sí, ya sé que por supuesto enseñar técnica es una base fundamental para luego saber cómo deformarla, pero también planteo que enseñarnos a aproximarnos con nuestras posibilidades expresivas y artísticas de este modo, solo nos contribuyó a la neurosis, al miedo de equivocarnos, a la rigidez, a la pésima valoración de lo que puede ser bello o no. En mi propio camino de acercamiento al arte, me he dado cuenta cómo me ha liberado emocional y psicológicamente la pintura abstracta, en especial expresionista. Para que salirse de la línea sea encontrar nuestro trazo.

«Creo que probablemente por eso pinto, porque ya no existo», alguna vez le dijo la gran pintora de expresionismo abstracto Joan Mitchell a Cajori, directora del documental Joan Mitchell: Retrato de una pintora abstracta, con una sonrisa traviesa. «Es maravilloso.» De hecho, la pintora a menudo asociaba su mejor trabajo con el proceso de perderse a sí misma y deshacerse de su ego. Mitchell quien es igual de notoria en el mundo de la pintura que Willem de Kooning y Jackson Pollock, con quien en sus conversaciones en Nueva York cimentaba las bases filosóficas y estéticas del arte abstracto defiende que el artista debe dejarse llevar y que todo está en el feeling. Y lo confirmamos cuando vemos sus composiciones viscerales y llenas de emoción, con pinceladas fuertes y colores vibrantes. Es Mitchell dejando de existir, empezando a ser.

Joan MitchellBracket, 1989
San Francisco Museum of Modern Art (SFMOMA)
Permanent collection

Cuando le preguntaban cómo empezaba una pintura, respondía: «Bueno, tengo que volver a mi palabra feeling«. Así a Mitchell le gustaba pintar el feeling de un espacio, de la naturaleza, de una emoción profunda. Sus pinturas son como sensaciones sobrepuestas coexistiendo, y la captura de una fluidez o tejido emocional enmarañado pero armonioso y luminoso.

Si bien el trabajo de Mitchell se basaba en sentimientos y recuerdos íntimos, el proceso de traducirlos en composiciones abstractas era casi instintivo. “Cuando estoy trabajando, solo soy consciente del lienzo y de lo que me dice que haga”, dijo en otra entrevista. “Ciertamente no soy consciente de mí misma. Pintar es una forma de olvidarse de uno mismo”.

Este abandono de la mente consciente, de la preocupación por la forma, del ego que esconde el cuidado técnico y estético, la conexión terapéutica de la pintura como espacio de libertad y escucha emocional es lo que he encontrado en la pintura abstracta expresionista.

Joan MitchellUNTITLED (BLUE MICHIGAN), 1961
Cheim & Read

Desde hace un tiempo me he propuesto salirme de formas. En alguno de mis talleres de arte terapéutico «Pintando tu voz interior», una chica joven psicóloga debía conectarse consigo misma para pintar la imagen mental que retuvo durante un momento de mindfulness en el que focalizó emociones. Ella abrió rápidamente su navegador para buscar una imagen de la cual copiar el modelo. Pronto se sintió rígida, temerosa de iniciar su pintura, y pudo tomar consciencia de las voces internas en su cabeza que la lanzaron a la búsqueda del referente diciéndole que no podría hacerlo confiando en su propio trazo e imaginación. Pudo identificar su necesidad de control, su ego, el imperativo de evitar el error a toda costa, y además sentir la tensión y estrés que no se supone que deba sentir en un taller de pintura terapéutica. A esta chica terminé recomendándole la pintura abstracta.

Al recomendársela a ella también empecé a hacerlo yo misma. A permitirme encontrar más seguido los sentimientos y sensaciones que no tienen forma, a desaparecer mi consciencia ante el lienzo, a disfrutar el movimiento de la mano, el brazo, el cuerpo, y a que una inercia interna me lleve a expresarme en el registro mas lejano de la palabra que he encontrado. Esta distancia de la palabra y del mundo de los nombres a la que me dejo llevar cuando pinto abstracto, como si llegara a una isla maravillosa donde habito sin necesidades interpretativas, es de lo más terapéutico que he hecho en mucho tiempo.

Por esto coincido con la gran Mitchell, creo que pinto porque al hacerlo ya no existo. Es maravilloso.

Emma Sánchez

*Fragmentos de entrevista tomada del artículo Joan Mitchell on How to Be an Artist, en: https://www.artsy.net/article/artsy-editorial-joan-mitchell-artist

Revolcarse y sanarse

Ayer, al finalizar una sesión de uno mis talleres (el de escritura terapéutica), un hombre se despedía diciendo que se sentía revolcado. Por supuesto que esa palabra tiene una connotación fuerte y podía sentir cómo sus emociones se revolvieron en él como el pozo de agua con fondo de barro que se oscurece al perturbarse. Me pareció que el objetivo del taller estaba dando fruto. Aunque el miedo y el vértigo de ese revolcón pudieran percibirse sutilmente en su voz y llegar hasta mí con un frío rápido por la espalda, me sentí complacida de escuchar aquella palabra.

Sé que como tallerista o terapeuta tengo la esperada responsabilidad de acoger esas emociones, ayudarles a tener salida y retorno a la calma, pero también tengo la orientación ética de propiciar revolcones, de los sanos, de los buenos, de los liberadores. Esos también duelen, fastidian, incomodan, confunden, enojan, entristecen, frustran. Ese es el tipo de movimiento interno que se necesita para cambiar, para sanar. Y no siempre hay que apurarse tanto a salir de la incomodidad.

Quiero explicar por qué. O intentarlo.

El rechazo a la emoción displacentera es natural, viene con nosotros de fábrica, podría decirse. Nuestro sistema mental y corporal está muy bien entrenado para percibir peligros, nos hace sentir displacer, rechazo o miedo y así busca movilizarnos hacia un estado más positivo, en donde estemos a salvo. La situación se complejiza cuando el sistema no nos está llevando a huir de un depredador como un tigre o un peligro como un terremoto, sino que se está activando porque percibe como peligrosas las mismas emociones displacenteras. Así le tenemos miedo al miedo, a la rabia, a la tristeza y nos angustiamos ante la frustración, la confusión, o cualquier signo de malestar. Queremos huir de este y volver al sonrisa, el placer y la calma que confundimos con el estado ideal permanente en el que supuestamente debemos vivir.

Pero el problema es que esto no soluciona la situación original que debemos sanar. La fiebre no se cura con paños de agua tibia. La fiebre es un síntoma de una infección o virus que ha atacado nuestro organismo. Y así como nuestro sistema inmune físico debe defenderse, por ejemplo generando fiebre y sintiendo el cansancio de la batalla interna; así también tenemos un sistema inmune emocional, y en éste para salir victoriosos usualmente hay que atravesar la fiebre del miedo, la fatiga de la ansiedad y el dolor del duelo, que no son enfermedad sino síntoma.

Sanar implica comprender el virus, la bacteria, la alteración que está bajo el despliegue de malestar, y por supuesto acompañar a tu cuerpo/mente a recibirla, matarla o incluso integrarla a ti. Llegar a ella -en el plano psicológico- es como escalar el Everest. Se requiere un viaje, se necesita preguntarse, escucharse, no saber, caminar, cansarse, descansar, llorar, reír, desanimarse, recordar, soñar, confiar, respirar, tenerse fe y a la vez dudar. Sanar requiere volver a la historia de mis raíces, meterme en el silencio de mi padre, en la ansiedad de mi madre, en el malestar de la familia, en la constitución política familiar con la que me criaron, en mis heridas de autoestima, en mi ego, en mi sombra. Desconfiar del buen Dr. Jekyll, y reconocer al Mr. Hyde.

Sanar es revolcarse. Reconocer el virus y acompañarse como un buen amigo. Sanar es darse la mano para levantarse. Pero esa fraternidad conmigo mismo casi nunca se logra sin caminar y sufrir esa tremenda montaña.

Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica

Los beneficios de escribir sobre el trauma

Los beneficios para la salud de escribir sobre el trauma están bien documentados. Algunas teorías de counselling o psicoterapia, como la terapia narrativa, incorporan la escritura en sus técnicas terapéuticas.

Las investigaciones sugieren que escribir sobre el trauma puede ser beneficioso porque ayuda a las personas a reevaluar sus experiencias al mirarlas desde diferentes perspectivas. También se plantea que escribir sobre eventos traumáticos puede ayudar a aliviar la presión emocional de las experiencias negativas. Aunque si las personas presentan problemas de salud mental, la escritura terapéutica debe ser un proceso complementario, no un reemplazo de tratamiento. 

¿Qué se considera un trauma?

El investigador y clínico aclamado Bessel van der Kolk afirma en su libro, The Body Keeps the Score, que el trauma es más que un recuerdo almacenado que debe borrarse. En cambio, sugiere que toda nuestra mente, cerebro y sentido del yo pueden cambiar en respuesta al trauma. Este autor pone el énfasis en que muchos adultos experimentamos detonantes en nuestro cuerpo que de seguirles la pista nos mostrarán las sensaciones y respuestas que el cuerpo tuvo ante un evento traumático. Que éste aún estaría presente en nuestra corporalidad aunque pueda estar olvidado en la memoria.

Según la Asociación Americana de Psicología (APA), el trauma es “una respuesta emocional a un evento terrible como un accidente, una violación o un desastre natural. Inmediatamente después del evento, la conmoción y la negación son típicas. Las reacciones a largo plazo incluyen emociones impredecibles, flashbacks, relaciones tensas e incluso síntomas físicos como dolores de cabeza o náuseas. Si bien estos sentimientos son normales, algunas personas tienen dificultades para seguir adelante con sus vidas”. Pero hoy en día también se está ampliando esta perspectiva sobre el trauma teniendo en cuenta que éste puede ser una respuesta a cualquier evento que una persona encuentre física o emocionalmente amenazante o dañino, y que sobrepase sus capacidades para tramitarlo en el momento.

Por otra parte, lo que sabemos desde que el hombre es hombre y vive en comunidad, es que compartir historias sobre el sufrimiento personal puede ser una experiencia educativa, curativa, inspiradora, y sumamente valiosa. Es una estrategia que para la Dra. Jill Parris se denomina «terapia de luz».

La Dra. Jill Parris es una psicóloga que trabaja con refugiados y usa la terapia de luz como una extensión de la terapia de trauma. Ella realizó un proyecto llamado: Home Truths: An Anthology of Refugee and Migrant Writing, que unía a autores refugiados con un mentor de escritura para desarrollar historias personales sobre desafiantes viajes de migrantes a Australia.

Se encuentra en estas experiencias como la de Parris y otras, que escribir sobre el trauma es útil en la mayoría de los casos, pero considero que la actividad debe ser dirigida siempre por un profesional cualificado que monitoree los niveles de estrés y ofrezca un espacio empático donde los narradores tengan el tiempo y las herramientas, o el apoyo de un grupo, para manejar los sentimientos complejos que pueden surgir.

Beneficios saludables de la escritura

El Dr. James W. Pennebaker, quien fue por muchos años presidente del departamento de psicología de la Universidad de Texas, Austin, ha realizado gran parte de la investigación sobre los beneficios para la salud de la escritura expresiva. En un estudio inicial, el Dr. Pennebaker pidió a 46 estudiantes universitarios saludables que escribieran sobre eventos de la vida personalmente traumáticos o temas triviales durante 15 minutos en cuatro días consecutivos. Durante los seis meses posteriores al experimento, los estudiantes que escribieron sobre eventos traumáticos visitaron el centro de salud del campus con menos frecuencia y usaron medicamentos con menos frecuencia que los que escribieron sobre asuntos sin importancia.

Por otra parte, muchos estudios han evaluado el impacto de la escritura expresiva en personas con problemas de salud física como apnea del sueño, asma, migrañas, artritis reumatoide, VIH y cáncer. Del mismo modo, en mediciones físicas como la presión arterial y la frecuencia cardíaca, se encuentra que la escritura expresiva inicialmente puede molestar a las personas, pero finalmente las ayuda a relajarse.

Más recientemente, los investigadores han evaluado si la escritura expresiva ayuda a reducir el estrés y la ansiedad, encontrando resultados positivos. Un estudio encontró que esta técnica redujo el estrés relacionado con el estigma en los hombres homosexuales. También se vio en otro estudio que beneficiaba a los cuidadores de adultos mayores con estrés crónico. Y un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Chicago descubrió que los examinados ansiosos que escribieron brevemente sobre sus pensamientos y sentimientos antes de tomar un examen importante, obtuvieron mejores calificaciones que los que no lo hicieron.

Ahora, otra investigación sugiere que la escritura expresiva también puede ofrecer beneficios físicos a las personas que luchan contra enfermedades terminales o potencialmente mortales. Los estudios realizados por quienes estuvieron al frente de esta investigación, los psicólogos James Pennebaker, PhD, de la Universidad de Texas en Austin, y Joshua Smyth, PhD, de la Universidad de Syracuse, sugieren que escribir sobre las emociones y el estrés puede estimular el funcionamiento inmunológico en pacientes con enfermedades como el VIH / SIDA, el asma y la artritis.

Los escépticos argumentan que otros factores, como los cambios en el apoyo social o simplemente el tiempo, podrían ser las verdaderas ayudas para la salud. Pero una revisión intensiva de la investigación de Smyth, publicada en 1998 en el Journal of Consulting and Clinical Psychology (Vol. 66, No. 1), sugiere que la escritura sí hace una diferencia, aunque el grado de diferencia por supuesto depende de la población estudiada y la forma de escritura propuesta. 

Los investigadores apenas están empezando a comprender cómo y por qué la escritura puede beneficiar al sistema inmunológico y por qué algunas personas parecen beneficiarse más que otras. Sin embargo, existe un acuerdo emergente de que la clave para la efectividad de la escritura está en la forma en que las personas la usan para interpretar sus experiencias, hasta las palabras que eligen. Descargar las emociones por sí solo, ya sea escribiendo o hablando, no es suficiente para aliviar el estrés y, por lo tanto, mejorar la salud, enfatiza Smyth. Para aprovechar el poder curativo de la escritura, las personas deben usarlo para comprender mejor y aprender de sus emociones, dice. (Tomado de https://www.apa.org/monitor/jun02/writing)

Con toda seguridad, la iluminación que puede ocurrir a través de tal escritura es magnífica y por esto, así como por mi experiencia personal me animé a diseñar el programa de 4 semanas de PALABRAS QUE SANAN. Un recorrido por diferentes ejercicios de escritura terapéutica que tendrá inscripciones abiertas cada mes, y que me ha dejado muy complacida al ver los testimonios de participantes de su anterior edición. 

Para más información visita https://emmasanchez.me/palabras-que-sanan/ y consulta nuevas fechas. 

Por Emma Sánchez

Aceptando la inestabilidad

Tenía escrito el título de este blog -«Aceptando la inestabilidad»-, liderando el primer lugar de la página en blanco de Google Docs desde hace tres días. Llevaba una semana hablando del tema de la estabilidad, la inestabilidad y la flexibilidad en mis redes sociales. Invité incluso a una amiga colega y profesora de yoga a conversar de esto en un Instagram Live hace apenas dos días, pero no había podido escribir nada coherente y me encontraba sin inspiración -o tiempo-. Sin embargo, algunas cosas en la vida parecen conspirar y hoy cuando escribo esto es lunes 4 de Octubre, y las redes sociales de Facebook, Instagram y Whatsapp están caídas en el mundo entero desde hace más de 5 horas. Cómo no retomar el título abandonado en medio de tanto vacío para escribir, sobre la inestabilidad que incomoda y que está siempre a la vuelta de la esquina. 

Desde que supe que las redes estaban caídas no sé cuántas veces he tomado mi celular para chequearlas. He entrado por supuesto a Twitter a reírme de memes que buscan reírse de nuestra desgracia colectiva, de esta ingenuidad o estupidez de permitir que todo en nuestra vida gire y se sostenga por plataformas que se supone que deben permanecer estables. 

Pero, ¿Qué es estable? 

Una ilusión, digo. Un espacio de comodidad/seguridad que te hiciste y que te da la idea de que algo puede permanecer igual por mucho tiempo. Pero ni tu cuerpo permanece igual de un segundo al siguiente. Células mueren y nacen, respiraciones se acaban para que inicien otras. Los latidos del corazón pulsan. Tu intestino, estómago y cada órgano está haciendo movimientos todo el tiempo, y los átomos y partículas bailan en sus nano dimensiones a velocidades que ni eres capaz de dimensionar. 

¿A qué hora creímos que estable era igual a quieto, a permanente, a igual? 

Te levantas hoy y parece que las vías por las que te comunicas con el mundo van a estar ahí, que todos van a estar ahí funcionando de la exacta manera como aprendiste que funcionan. Vale, ¿es una ilusión necesaria tal vez? Si, no lo neguemos, necesitamos algo de estructura, de ilusión de permanencia para poder ubicarnos, tener algo de control, hábitos, rutinas, funcionamiento en el mundo. 

Pero cada estructura “estable” está cimentada en el movimiento. Y esto es lo que aparentemente no vemos. Ayer nuestras redes para comunicarnos entre nosotros, para funcionar como individuos y como empresas (del tamaño que sean) se cayeron porque el mundo es movimiento. Las cosas se levantan y se caen. Las posibilidades nacen y mueren. Sobre lo que cimentamos edificios de información, contactos o negocios, puede caerse. 

¿Estás preparada para el movimiento? 

¿Eres consciente de que la flexibilidad es tu salvación?

Salirte de quedarte en una cosa, diversificarte, expandirte, comprender que nada es permanente y si mañana desaparecieran tus redes tienes otras formas de habitar el mundo. 

Por mi parte, la caída de Instagram, mi principal plataforma de visibilización con el mundo me hizo pensar: y si fuera invisible porque la red se cayera, toda mi información se perdiera, mis miles de seguidores, mis escritos de años, mis imágenes de cada pieza que he diseñado, de cada caricatura que posteé, de cada foto de bosques y naturaleza que edité, ¿qué pasaría con mis emprendimientos? ¿qué pasaría con mi estabilidad?

Hice el silencio respectivo para que la pregunta se hiciera presente en la habitación en donde atiendo, escribo, edito, diseño, posteo… 

Me di el tiempo suficiente para que la inestabilidad se sintiera en el cuerpo como un frío ligero por la piel y una arruga incómoda en el pecho. 

Cerré los ojos y me imaginé invisible. Respiré profundo y nada pareció malo. La gente a la que me le he quedado en el corazón vive y respira y ¡tiene mi número de teléfono guardado! Y los clientes que han llegado a mí por referidos en todos estos años son enormes. Y mi vida laboral como independiente continuaría. Y nada se habría perdido más que ideas y diseños e imágenes que entregué al mundo pero que también las tengo conmigo. Y que entregué porque finalmente sabía que no me pertenecían ni las poseo. 

La inestabilidad dejó de sentirse como inestable. Y esta anécdota no es más que una historia para revisar otras áreas de nuestra vida. ¿Y si mi relación de pareja se cayera? ¿Y si mis relaciones familiares sufrieran rupturas? ¿Y si mi estabilidad financiera variara? ¿Y si mi salud decayera? 

Nada de esto sería cómodo, pero me atrevo a asegurar que poco de esto sería imposible de superar, de atravesar, de bailar al son de la desgracia temporal. Nada sería imposible de aceptar.

Aceptar la inestabilidad propia de la vida es, para mí, aceptar la vida. 

Por Emma Sánchez

Qué es la Autoaceptación y porqué hablamos de ella en todas partes

Autoaceptación. Amor propio. Autoestima. Autoconfianza. Un set de palabras que encuentras constantemente en todos los lugares virtuales posibles: blogs, webs, cuentas de Instagram, videos de Youtube, talleres de terapeutas, coaches, y en el discurso de tus mejores amigas. Ya hablamos de esto en todas partes y a mi me encanta. Me hace sentir que la salud mental y el elemento más central por el que millones de personas buscan ayuda terapéutica está reconociéndose con nombre propio en la boca de todos. Necesitamos amarnos, valorarnos, confiar en nosotros, aceptarnos. Y para esto, así suene sencilla la palabra, no está de más preguntarnos qué es la autoaceptación y por qué hablamos de ella en todas partes.

Como sugiere su nombre, la definición de autoaceptación es la completa aceptación de uno mismo, tanto de sus rasgos positivos como negativos. ¡Completa es completa, eh! Es mucho más fácil apreciar nuestros rasgos positivos, pero para una verdadera autoaceptación, también debes ser capaz de abrazar las partes negativas y menos deseables de ti mismo. Porque a ver, eso de que somos seres perfectos está bonito como una frase que remite a una visión más completa de nuestra humanidad o tal vez más espiritual de nuestro ser, pero en términos concretos, no somos perfectos. Tenemos aspectos de nosotros mismos que deben mejorar. 

Un concepto erróneo popular de la autoaceptación es que significa renunciar al perfeccionamiento o mejor de uno mismo. Que simplemente te das un pase por tus fallas y debilidades y dejas de intentar cambiarlas. Por supuesto, esto es absolutamente falso. La verdadera autoaceptación significa ser consciente de tus rasgos positivos y negativos, pero sin apegarte de emociones negativas o juzgar quién eres, es decir, con empatía y sin maltratarte. 

Significa ser capaz de ser objetivo acerca de tus fortalezas y debilidades y no comprometer por ellas tu autoestima.

En pocas palabras, la definición de autoaceptación es comprender que tu valor está separado de tus acciones y cualidades. A pesar de haber cometido errores y fallas, estas cosas no te definen. ¿Ahora entienden por qué el tema es un poco más complejo de lo que parece? Porque a ver, ¿cómo nos enseñan a valorar a alguien, a definir a alguien? ¿No es acaso por sus acciones y cualidades? Entre más virtuoso y sin fallas, más admirable y merecedor de atención y amor. 

Es comprensible que esto pueda resultar difícil pues implica romper ideas muy enquistadas en la sociedad sobre lo que es bello, bueno, valioso, exitoso, admirable. Por esto, por lo insostenible de todo estas creencias sociales y el reconocimiento actual de su costo en la salud mental, el movimiento actual de alzar la voz por el Self Care, Self Love, Self Compassion, y por supuesto el Self-Acceptance, ha ido ganando fuerza, adeptos y se apoya en las formas comunicacionales de nuestra cultura; cuentas en redes sociales, imágenes incitadoras de un estilo de vida que cuide la aceptación del Yo, frases en Instagram y hasta estampadas en camisetas. 

Como sociedad estamos diciendo: No más, queremos descubrir el camino para amarnos a nosotres mismes. Respetar y que se respete nuestra autenticidad, nuestros deseos, gustos, estilos, tipos de cuerpos, elecciones de género, formas de amar, de trabajar, de querer vivir. 

¡Y me encanta!

Me sumo a esta voz popular. Me sumo a ayudar a que todes encontremos el camino de autoaceptarnos radicalmente. Sin permitir que nuestras imperfecciones, aspectos por mejorar o metidas de patas, nos alejen del amor. Amar lo que es real; no ideal. Esto para mí es lo que está bajo la idea de autoaceptación. 

Así que abrirnos a posibilidades terapéuticas y de apoyo para ir transformando nuestra mentalidad y la de quienes nos rodean, es necesario. Entre todos podemos irnos transformando.

Por Emma Sánchez. Mg Psicóloga Clínica. Estudiante de Creación Literaria. Artista amateur. Cursos en arte.

Si necesitas apoyo en el proceso de aceptarte a ti misme, puedes conocer mis programas online de transformación personal con Creatividad Terapéutica, como Pintando tu voz interior, Palabras que sanan, o el grupo psicoterapéutico Abrazando mi imperfección.

El arte como posibilidad de ser

Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he escuchado a las personas decir que no tienen talento. Yo también me lo dije muchas veces. ¿Y qué es el talento? ¿Cuáles son las consecuencias de que nos persuadamos a nosotros mismos de que hay algo llamado así que nos permite o nos prohíbe hacer algo? Desde mi perspectiva me gusta mirar al arte como posibilidad de ser. Desde que el hombre es hombre hace arte.

El arte es una actividad humana única. En esta actividad el ser humano expresa, recrea, representa aspectos de la realidad externa e interna de una forma en que se sirve de la materia, la imagen, el sonido, el cuerpo. El arte tiene una finalidad comunicativa, y aunque mucha de su significación tenga relación con la estética, la verdad es que la idea de estética en el arte se expande y se transforma dándole su prioridad al valor comunicativo del arte.

El problema que tengo con la idea del talento para el arte tiene que ver con la creencia de que el talento es una aptitud o capacidad para hacer algo que ya está dada en el individuo, y que es la que debería determinar si alguien debo o no dedicarse a algo. Como si en una imaginaria repartición antes de nacer, a un niño le hubieran dado 100 grs. de talento musical y al otro 200 grs. de talento para las matemáticas, y ese hecho debería determinar el camino de un músico y un matemático inexorablemente. Esto nos ha hecho asociar la idea de talento a una capacidad que se da sin esfuerzo. Y aunque si bien el talento remite a una aptitud especial, esto no tiene que derivar en esta idea que usualmente se genera: es mejor que solo hagas las actividades para las que tienes talento. Es como decir que si no te sale naturalmente y sin esfuerzo una voz armoniosa al cantar, mejor ni cantes. ¿Por qué? porque no tienes el don especial de nacimiento para ello.

Vivir la idea con esta mentalidad le ha costado emocionalmente a muchos. Nos ha hecho miopes ante la realidad de nuestro desarrollo de las diversas inteligencias que poseemos. Nos ha vuelto frágiles e inseguros. Así he descubierto cómo el arte es un catalizador de cambio, un expansor de mentalidad, un difusor de placer, alegría, sorpresa, simbolismos y metáforas propias que permiten sanar, conectar y transformar. ¿Por qué? Creo que particularmente por su esencia de libertad. La creatividad es la semilla del arte, y la creatividad es libertad, liberación en acción. En esta semilla se alberga la capacidad para pensar, para curiosear, para ver desde otra perspectiva, para soñar. ¿Qué mejor motor para cambiar? La sola actividad de permitirte el arte implica que te permitas ser. Y esa posibilidad, en un mundo que nos restringe tanto, vale oro.

Por Emma Sánchez

¿Cuáles son las Terapias de Artes Creativas?

Las Terapias Expresivas (Expressive Therapies) consisten en el uso de las artes creativas como una forma de terapia. También pueden llamarse Terapias de Artes Expresivas o Terapias de las Artes Creativas. ¿Cuáles son los tipos de Terapias de Artes Creativas?

En este conjunto de terapias se incluyen: Arteterapia, Musicoterapia, Terapia de Danza/movimiento, Terapia de poesía o de escritura, y Psicodrama. Cada una ha elaborado una serie de técnicas sustentadas en teorías para utilizar los mecanismos de cada tipo de arte y sus posibilidades, con un fin terapéutico orientado a diferentes problemáticas relacionadas a la salud mental.

A diferencia de la expresión artística tradicional, se enfatiza el proceso de creación más que el producto final. Las terapias expresivas se basan en el supuesto de que las personas pueden curarse a través de las diversas formas de expresión creativa. Los terapeutas expresivos comparten la creencia de que a través de la expresión creativa y la liberación de la imaginación, las personas pueden examinar su cuerpo, sentimientos, emociones y proceso de pensamiento.

Según la Organización Nacional para las Artes en la Salud (NOAH) (organización americana), lo que distingue las seis Terapias de Artes Creativas (arte, danza / movimiento, teatro, música y terapia de poesía, así como psicodrama) de la Terapia de Artes Expresivas es que las intervenciones de ésta última están diseñadas para incluir más de una de las formas de arte «expresivas» (arte, danza, teatro, música, poesía), mientras que los terapeutas de Artes Creativas, como los terapeutas de arte, danza / movimiento, teatro, música, poesía y psicodrama, son a menudo intensamente capacitados y educados para usar solo una modalidad en su práctica. Pero NOAH también reconoció que los términos «a menudo se usan indistintamente en el campo».

Las 6 Terapias Creativas

Terapia artística o Arteterapia
La Arteterapia combina la psicoterapia y las artes visuales. El proceso creativo, así como la obra de arte creada, sirven como base para la autoexploración, la comprensión, la aceptación y, finalmente, la curación y el crecimiento personal. Por lo tanto, el acto creativo en terapia puede verse como un medio para volver a experimentar el conflicto interno conectado a la resolución.

Terapia de danza/movimiento
Al igual que otras modalidades de terapia de artes creativas, la terapia de danza/movimiento se basa en el supuesto de que «la mente, el cuerpo y el espíritu son inseparables e interconectados» (ADTA). El movimiento es la herramienta principal de intervención en una sesión de terapia, pero la terapia de danza/movimiento también utiliza el arte del juego en la terapia. Al igual que otras terapias de arte creativo, utiliza principalmente la comunicación no verbal.

Terapia de teatro
La terapia dramática se refiere a la combinación de las dos disciplinas drama/teatro y psicoterapia. La Terapia Dramática, como un híbrido de ambas disciplinas, utiliza técnicas de teatro para tratar a personas con trastornos mentales, cognitivos y del desarrollo. A través del arte del juego y la simulación, los pacientes adquieren una perspectiva en la terapia de sus experiencias de vida, a través de lo que en el campo se denomina «distancia estética».

Terapia musical o Musicoterapia
La Musicoterapia es el uso de música, creación musical u otras intervenciones relacionadas con la música dentro de una relación terapéutica. La musicoterapia es un campo amplio con muchas áreas y poblaciones en las que especializarse, ya que la música se procesa en muchas áreas del cerebro. La musicoterapia ayuda a los pacientes a comunicarse, procesar experiencias difíciles y mejorar el funcionamiento motor o cognitivo. Cuando se usa como psicoterapia, en esencia, la musicoterapia puede usar la música como una representación simbólica y expresión del mundo psicológico del individuo.

Terapia de poesía
La terapia de poesía (también referida al uso del término más amplio Biblioterapia) se distingue de otras terapias de artes creativas, que se basan todas en el supuesto de la existencia de un lenguaje que funciona sin palabras. La terapia de poesía, sin embargo, es el uso de la palabra escrita para traer curación y crecimiento personal.

Psicodrama
El psicodrama es una forma distinta de psicoterapia desarrollada por Jacob L. Moreno a principios del siglo XX. Moreno, un psicoanalista entrenado, tenía el objetivo de crear una forma de psicoanálisis más eficaz y basada en la acción, tal como la desarrollaron Sigmund Freud y C.G. Jung. Desarrolló una estructura clara de tres fases (calentamiento, acción, compartir) para su terapia, así como múltiples métodos de intervención.

Aunque están relacionados, el psicodrama y la terapia de drama o teatro describen diferentes modalidades dentro del campo de las terapias de artes creativas. Mientras que el psicodrama usa la experiencia de la vida real de los pacientes en terapia para «practicar roles y comportamientos nuevos y más efectivos» (ASGPP), la dramatoterapia permite a los pacientes explorar historias más ficticias, como escenas improvisadas, mitos o cuentos de hadas.

Todas estas terapias de Artes Creativas son una invitación diferetne y novedosa a conectar con tus emociones y tu caudal creativo de una forma que te traiga bienestar psicológico y te abra a nuevas vías de transformación personal.

Por Emma Sánchez

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