La pregunta

(Miniblog)

Tienes la pregunta ante ti. Te aspira y te inhala. O se te hace a un lado y se esconde en tu nuca. Vas caminando, haciendo tus cosas, corriendo, saltando de una en otra. Con la respiración agitada, entrecortada, que no alcanza. La pregunta está ahí, pero mejor en otro momento. No ahora. No ya. Tengo otras cosas que hacer. Tengo que responderle a mi jefe, tengo esa reunión importante, tengo que darle un documento al del cubículo de al lado, tengo que recoger a mi hijo de su clase de natación. Pero estoy aquí, existiendo entre treinta pestañas del navegador abiertas, el documento sin terminar, las notificaciones de mi celular, la respuesta inconclusa a mi jefe, la comida que comeremos esta noche, la natación, la reunión. El documento. El scrolling. Un momento de scrolling para ver la cuenta de esa persona que enseña cómo vivir tranquilo. Bueno el reel, pero sigamos, uno de humor, uno de baile, uno de una celebridad del momento, de la marca de ropa a la que quiero comprarle todo, de la influencer de lifestyle en la playa, uno de maquillaje. Ya va. Volvamos al documento, a las notificaciones, a mi jefe, a las clases de natación a las 5:30. No voy a alcanzar. Volvamos a la comida que hay que comprar, a las 30 pestañas del navegador. ¡Dios! La reunión. La lista al lado en el escritorio está inconclusa, como todos los días. Cada día trae su afán, dicen por ahí, pero ¿alguien se ha preguntado exactamente lo asquerosa que es esa afirmación resignada? Días que ya no traen un afán, sino una vida afanada que se ahoga y muere gritando mientras se le inunda la boca, ¿de qué? de pendientes, de cosas por hacer, de exigencias, de horarios laborales interminables, de información incontable segundo a segundo, de trivialidades, de desorden, de caos, de compras de cosas que aparentemente necesito, pero no necesito porque ya no creo que lo que de verdad necesito pueda ser posible, entonces he decidido creer lo que todo el mundo cree, que lo que más necesito es sobrevivir, y para eso dinero. Por eso trabajo, para tenerlo, y al tenerlo lo gasto y me endeudo y trabajo con más angustia, porque no va a alcanzar, pero luego quiero un gusto, me lo merezco ¿no?, y así… morimos inundados de consumismo, caos y desorden. Perdidos sin saber el valor de nuestra vida, viviendo la vida que nos vendieron debíamos vivir.  

La pregunta sigue ahí… aunque siempre quede de última en la lista. Da frío mirarla. Vacío y vértigo. La pregunta está aquí, ahora, mientras vas en el carro y estas exhaustas, en un momento de fragilidad del que no te distrajo la radio o una llamada. Se hace escuchar de nuevo: ¿Cuál es TU vida significativa? ¿Cuál es la vida que para tí tiene sentido? No ésta, no el pastel que te pusieron frente a los ojos y del antojo no te contuviste en morder, y de la adicción ahora no puedes parar. No ésta. La tuya. La que podrías tener si primero tu te desintoxicas, si primero tu te priorizas en la interminable lista, si te enfrentas a establecer tus valores, tu orden, el justo tiempo e importancia a cada cosa, si rescatas tu coraje para nadar hacia la orilla que necesitas. 

¿Qué necesitas?

Por Emma Sánchez

De la vergüenza y la exclusión

El miedo a quedar en vergüenza y al ridículo puede ser tan fuerte que la gente
arriesgar lesiones físicas graves o incluso la muerte para evitarlo. Una de las razones de esto es que la vergüenza puede generar un daño grave a la aceptación social y una ruptura en una variedad de relaciones sociales. La raíz evolutiva de la vergüenza está en un sistema de amenaza social centrado en uno mismo relacionado con el comportamiento competitivo y la necesidad de demostrar que uno mismo es aceptable/deseable para los demás (Gilbert, 1989; 2002a). Por el otro lado, la culpa evolucionó a partir de un sistema de cuidado y de “evitar hacer daño a los demás” (Gilbert, 1998; Tangney y Dearing, 2002). Así, hay una naturaleza egocéntrica de la vergüenza.

Los precursores evolutivos de la vergüenza se remontan a la forma en que todos los animales deben ser capaces de detectar y hacer frente a las amenazas (Gilbert y McGuire, 1998). Para muchos animales, la atención a los congéneres que podrían causarles daño y que son amenazas para ellos es altamente adaptativa, y la ansiedad social, la huida o la sumisión/pacificación son defensas destacadas (Gilbert, 2001). Las amenazas sociales (a diferencia de las amenazas no sociales) a menudo implican comunicar señales que impactan en el estado de ánimo de los otros amenazantes; por ejemplo, una demostración de sumisión puede ser suficiente para evitar que un dominador ataque seriamente a un subordinado. Aunque la vergüenza requiere un sentido simbólico del yo (Lewis, 1992), también está regulada por amenazas sociales y defensas automáticas para protegerse de las amenazas que plantean los demás (Gilbert, 2002a). De hecho, ahora hay evidencia de que la vergüenza puede actuar como una señal de advertencia interna de amenazas y desafíos para uno mismo, con un desencadenante de defensas automáticas, especialmente la sumisión, el deseo de querer escapar o de ocultar.

La culpa no se basa en una percepción de amenaza al Self, o “sí mismo”. Esta más basada en la preocupación por el bienestar de los otros, y puede desarrollar en el niño los sentimientos de empatía y cuidado. La culpa además no está asociada a un sentimiento de inferioridad ante los demás, o comportamiento sumiso, depresión o ansiedad social.

A medida que los humanos evolucionaron a partir de la línea de los primates, y en el contexto de severos desafíos ecológicos (por ejemplo, la Edad de Hielo) y una creciente complejidad social para crear roles arquetípicos (por ejemplo, apego, sexual y cooperativo), desarrollaron competencias cognitivas que se mezclan con habilidades arquetípicas de formación de roles y emociones de autorregulación. Primero, los humanos se volvieron capaces de formar representaciones simbólicas de objetos en el mundo (que harían posible el desarrollo de herramientas, el arte y la escritura [Mithen, 1996] y de uno mismo y de los demás [Sedikides y Skowronski, 1997]). La autoconciencia simbólica viene con el lenguaje y la capacidad de simbolizar “el yo”, la capacidad de “imaginar” el yo como un objeto y juzgar y dar valor al yo; tener autoestima, pensar en el significado de la apariencia de uno para los demás y las implicaciones.

Uno de los elementos clave de la evolución humana fue también la capacidad de comprender lo que podría estar pasando en la mente de otras personas. Esto se llama teoría de la mente (Byrne, 1995). Uno puede pensar en lo que motiva el comportamiento de otra persona, lo que podría valorar o devaluar, lo que sabe (sobre sí mismo) y lo que no sabe, y podemos pensar en cómo manipularlo para que nos quiera o desconfíe de nosotros.

Vinculada a estas habilidades está la metacognición: poder refijar y juzgar los propios pensamientos y sentimientos y ejecutar simulaciones en la mente (Wells, 2000). Por lo tanto, puedo imaginar y reflexionar sobre los resultados probables de mis acciones en los demás y cómo reaccionarán los demás ante mí. Suddendorf y Whitten (2001) han señalado que una mente con este tipo de habilidades es una mente cotejadora. Estas tres habilidades no solo le dan a la mente humana flexibilidad en la forma en que piensa y representa los roles, sino que también ofrecen competencias clave que socavan la idea de que la mente humana está altamente modularizada (Mithen, 1996).

Para que una persona se sienta avergonzada tienen que pasar varias cosas, aparentemente simples, pero profundamente complejas en sus alcances. Primero, la persona debe haber actuado fuera de lo que interpreta o concibe como “la norma”. Además, la persona debe evaluar esa norma como deseable y vinculante con otros, porque solo así, aquella transgresión o incapacidad para cumplir “la norma” le hace sentir tanta incomodidad. Y lo complejo es que para que aparezca la vergüenza no es necesario que se encuentre presente una persona desaprobadora; solo se necesita que la persona en cuestión imagine el juicio del otro. Frecuentemente se tiene mentalmente la imagen de alguien preguntando: ¡¿No te da vergüenza?!. Incluso está visto que interiorizamos tan bien esas amonestaciones, que las “normas” o expectativas puestas en nosotros por nuestros padres en la infancia, nos continúan afectando hasta la edad adulta.

Y con el juicio del otro también viene la definición que el otro hace de mí. La persona avergonzada se experimenta a sí misma a través de las definiciones que los demás puedan hacer de ella.

Y ahora bien, qué nos causa la vergüenza constante e intensa a nivel psicológico

June Tangney, de la Universidad George Mason, ha estudiado la vergüenza durante décadas. En colaboraciones con Ronda L. Dearing de la Universidad de Houston y otros, ha ratificado que las personas que tienen una propensión a sentir vergüenza, (un rasgo llamado propensión a la vergüenza), a menudo tienen baja autoestima. Lo cual implica, a la inversa, que cierto grado de autoestima puede protegernos de sentimientos excesivos de vergüenza. Tangney y Dearing se encuentran entre los investigadores que han descubierto que este rasgo indicador de la propensión a la vergüenza aumenta el riesgo de sufrir otros problemas psicológicos. El vínculo con la depresión es particularmente fuerte; por ejemplo, un metaanálisis a gran escala en el que los investigadores examinaron 108 estudios que involucraron a más de 22,000 sujetos mostraron un conexión clara.

En un estudio de 2009, Sera De Rubeis, de la Universidad de Toronto, y Tom
Hollenstein, de la Queen’s University en Ontario, analizaron específicamente los efectos de este rasgo sobre síntomas depresivos en adolescentes. El proyecto incluyó aproximadamente 140 voluntarios entre los 11 y los 16 años y descubrió que los adolescentes que mostraban una mayor propensión a la vergüenza también eran más propensos a tener síntomas de depresión. También parece haber ser una conexión entre la propensión a la vergüenza y los trastornos de ansiedad, como la Ansiedad social y la Ansiedad generalizada, como Thomas A. Fergus y sus colegas informaron en 2010.

La vergüenza es una emoción que encarcela. El avergonzado quisiera ser libre, hablar sin miedo, decir que no o que si, permitirse espontaneidad, confiar en que es querido por los otros, pero está atrapado en el miedo y la muy fuerte duda de si va a poder ser valorado o por el contrario, será excluido del grupo. Así que si la vergüenza es constante, el hecho de que despierte sentimientos de ansiedad y depresión es casi que un resultado obvio. Para empezar a salir de esta situación, a lo primero que habría que prestar atención es a la posibilidad de comprender a profundidad las ideas que nuestros padres, o las experiencias de vida, fueron diciéndonos sobre lo que “debíamos ser”. Comprender cuál es “la norma”, el conjunto de creencias que tengo sobre lo que puedo o no permitirme, lo que merezco o no merezco, ya que esto es lo que está en el corazón de la vergüenza. Darnos cuenta que lo que nuestros padres percibieron como una amenaza de exclusión social y los hace avergonzarse en lo profundo de su ser, tal vez no tiene que venir contigo. Hacer pases también con el pasado cuando hemos sido objeto de bullying o críticas fuertes. Comprender que los mecanismos por los que otros ganan reputación social avergonzando a otros, es un mecanismo de su propia inseguridad y no tenía que ver con nuestro verdadero valor personal.

Aunque es un proceso que a muchos cuesta, vale la pena reconocer nuestra vulnerabilidad y aceptar que todos somos seres vergonzantes en momentos de nuestras vidas, intentando hacer el camino de reconocernos capaces de avergonzar la posible exclusión social, pero con el orgullo de ser nosotros mismos.

Emma Sánchez

REFERENCIAS

Gilbert, Paul. Evolution, Social Roles, and the Differences in Shame and Guilt.

De la envidia

De los sentimientos más ocultos, encubiertos y temidos como un mal presagio o un malhechor sin piedad, la envidia se esconde como una rata en su madriguera y la sociedad prefiere creer que no existe, o condenarla con el más útil de todos los castigos: la culpa.

‘Envidia’ deriva del latín invidia, ‘no vista’. En la Divina Comedia de Dante, los envidiosos trabajan bajo capas de plomo tóxico, con los párpados bien cosidos con alambre de plomo, lo que sugiere que la envidia surge de una forma de ceguera o conduce a ella. Castigo terrible que un envidioso no pueda mirar a los demás.

Para sentir envidia, se deben cumplir tres condiciones. Primero, debemos enfrentarnos con una persona (o personas) con algo, una posesión, cualidad o logro, que se nos ha escapado. Segundo, debemos desear ese algo para nosotros mismos. Y tercero, debemos estar personalmente dolidos por la emoción o emociones asociadas. Neel Burton, psiquiatra y filósofo señala en un artículo sobre la psicología y la filosofía de la envidia, que decir que la personal está “personalmente dolida” es esencial porque es esta dimensión personal la que separa la envidia de sentimientos más distantes como la indignación o la injusticia.*

Y es que quien no ha sentido ese ardor de la envidia, una sensación fogosa que nos estruja y que por supuesto, si no le damos algún tipo de sublimación nos podría llevar a hacerle fácilmente mal a otro. Por eso ese temor social a la envidia, esa nefasta -a mi parecer- decisión adoctrinarnos con culpa. Sin embargo, comprendo que busca ponernos un bozal antes de que nos lancemos fieros a destruir al objeto de nuestra envidia. Con la culpa en cambio nos destruimos a nosotros.

Y es llamativo también que sea mejor visto decir que estamos celosos a decir que estamos envidiosos. Pero hay una diferencia entre ambas. Los celos son el dolor personal de perder algo, de perder la posición de ventaja que tengo para el otro, o de que las ventajas del otro que comparte conmigo se alejen de mi lado y vayan a parar a otro destinatario. En cambio, la envidia es el dolor causado por el deseo de tener las ventajas que el otro exhibe ante mi y que siento que no tengo. “La envidia es codiciosa, los celos son posesivos”. La envidia tiene la mirada puesta en algo que anhela, los ojos de los celos en algo que quiere alejar.

Creo que a la envidia siempre la hemos sentido como un asesino agazapado que nos puede clavar el puñal por la espalda en cualquier momento. Y está tan presente en la psique humana haciendo parte de la experiencia de todas las generaciones y tribus. En la antigüedad se tenía miedo a despertar la envidia de los dioses, ante los cuales se hacían elaborados rituales y ofrendas. En los mitos griegos hay historias de dioses con envidia, como la envidia de Hera por Afrodita que desató la guerra de Troya. O en la biblia es por envidia que Caín mata a Abel. Es a través del demonio de la envidia que la muerte entra al mundo.

Y es que decir que la envidia es central en nuestra psique humana es también decir que la comparación hace parte de las características de nuestra existencia, como respirar. El dolor de la envidia es causado no por el deseo de las ventajas de los otros, sino por el sentimiento de inferioridad para alcanzar esas mismas ventajas. Y hoy en día, gracias a la impresionante amplitud de información con la que estamos en contacto y el uso adictivo de las redes sociales, la comparación, y con ella la envidia, se expanden como una llamarada de foto en foto, reel en reel.

Tal vez la envidia, o “invidia”, invidencia que denota el término en latín, es esa ceguera de la mirada que se queda encandilada con lo lustroso del objeto de afuera y no puede ver adentro más que agujero oscuro y carencia. O como decía Jaques Lacan, se envidia la completud del sujeto con su objeto. Por supuesto, que esta “distracción” nos impide desarrollar nuestra posibilidad de un reconocimiento, no de nosotros como seres completos, porque no lo somos, pero al menos el reconocimiento de que a todos nos falta algo. La amargura de la envidia nos enferma, nos cobra relaciones, pero además, algo que me interesa es que también produce en nosotros algunas salidas como mecanismos de defensa que intentan revertir el problema, como la ingratitud, la ironía, el desprecio, el esnobismo y el narcisismo, que tienen en común el uso del desprecio del otro al cual envidio, o del grupo de personas que tienen características que envidio, para minimizar la amenaza existencial que representan las ventajas de los demás. Y otra defensa común contra la envidia es incitarla en aquellos a quienes envidiaríamos, razonando que, si nos envidian, no tenemos por qué envidiarlos. Ganamos un lugar de superioridad ante su mirada.

Así la envidia nos atormenta y buscamos defendernos del dolor y angustia que nos trae de muchas maneras. Y al día de hoy, el mundo de la red social y de internet y publicidad masiva parece diseñado para despertarnos la envidia cientos de veces en diez minutos de scrolling. De hecho pienso en la expresión común: “envidia es mejor despertarla que sentirla”. Por supuesto, despertar ese monstruo interno en el otro nos infla de narcisismo. Pero esta suerte de refrán es solo una verdad a medias, porque el que hasta inconscientemente la quiere despertar, lo hace desde la inconfesable presión del resentimiento. El tortuoso debate entre la culpa que como punición le demanda humildad y modestia, y el lujurioso e incontenible deseo de restituirle alguna imagen de completud y orgullo a tan apaleado sentido del valor personal.

A mi me encanta reconocer la envidia. Tengo bien claras mis memorias de momentos de envidia. Me gusta rebelarme contra la imposición de domesticación y reconocernos todos envidiosos. Alejarnos de las falsas modestias y humildades ficticias, y decir a viva vos que nos dolemos por estar tan faltantes de lo que otros parecen gozar. Que al menos ese sea un paso para reclamar la posibilidad de nuestra honestidad humana. Como humanos somos también sucios y mezquinos, posesivos y violentos, egocéntricos y rabiosos. Que la psicología de autoayuda y la espiritualidad y positivismo tóxico no opere como una nueva religión cristiana satanizando la esencia de lo humano, esparciendo fragancia de esencia floral sobre la inmundicia que también nos habita. Que sepamos que la mayoría de nosotros, no por envidiosos vamos a ir matando a otros, pero que con la culpa por sentir la oscuridad de la inseguridad dentro de nuestro ser no nos matemos más por dentro. Así me parece que podemos construir un camino que nos lleve de la ceguera de la envidia a la buena mirada de la admiración. Y por supuesto, a sanar auténticamente nuestras inseguridades.

EMMA SÁNCHEZ

Estar en una buena Auto-relación

Hace unos días me topé en internet con la expresión en inglés “Self-relationship”, que podría traducirse como “Auto-relación”, y que por supuesto refiere a la relación contigo mismx, con tu ser. Y la verdad, me gustó bastante. Me parece válido y más que valioso que hoy en día pongamos énfasis en la relación intrapersonal, esa que construimos con nosotrxs y que determina nuestro sentir y comportamiento hacia nosotrxs. A riesgo de que lleguen los juicios por padecer de un excesivo individualismo en la sociedad contemporánea, la verdad es que considero que nuestra salud mental colectiva necesitaba hacer un fuerte retorno a profundizar esta auto-relación. Además, veo con maravilla que hoy en día casi todxs nos preguntamos en algún momento de nuestra vida (o tal vez durante toda ella), cómo construir una relación con nosotrxs mismxs que sea más sana.

Pero de qué se trata esta auto-relación si la pensamos un poco más en profundidad. Bueno, empecemos por darnos cuenta que abarca tus sentimientos sobre ti mismx, la forma en que te tratas y las decisiones que tomas por -y para- ti.

Las personas desarrollamos una compleja relación con nosotros a partir de algo que en psicología llamamos “autoconcepto”*, que es la forma cómo percibimos nuestro comportamiento, capacidades y características únicas. De lo profunda o consciente que pueda ser esta relación va a depender que podamos entender nuestras necesidades emocionales, activar nuestra energía por las acciones adecuadas para satisfacerlas, relacionarnos con los otros con vínculos sanos con límites, y también podamos desarrollar nuestra potencialidad.

Así que de la forma cómo nos vemos, entendemos, hablamos y respondemos a nosotrxs mismxs y a nuestras necesidades, surgen los insumos esenciales para nuestra auto-consciencia y para el desarrollo de salud mental y bienestar. Esta auto-relación nos muestra cómo nos sentimos acerca de todas las diferentes partes de nuestro ser: nuestros cuerpos, estados de ánimo, mentalidades y comportamientos. Y no podemos negar que generalmente encontramos conflicto en nuestra percepción, aceptación y compasión por alguna o todas estas partes internas. Por esto, comprender esta relación intrapersonal requiere observar cómo tratamos esas partes de nosotros mismos, ya sea con apoyo, amor, aliento y compasión, o por el contrario con crítica y disgusto.

Y para muchos puede sonar divertido o extraño esto de tener una ‘auto-relación’, una especie de enamoramiento y amistad con uno mismo que la sociedad no nos ha enseñado a tener. Rápidamente fuimos introducidos al comportamiento social, a leer las señales de lo que quieren los demás, de lo que esperan de nosotros. Nos vimos forzadxs a complacer, a regularnos -o reprimirnos- para priorizar a los otros.

Pero es importante estar constantemente atento a tu relación contigo porque ésta afecta todos los demás aspectos de tu vida. Por ejemplo, sabemos que ser excesivamente crítico contigo golpea tu autoestima, causa depresión o ansiedad, hace que recurras en el perfeccionismo crónico o experimentes algo como el síndrome de impostora. La falta de autoestima puede hacer que te retraigas o evites a familiares y amigos. Alternativamente, podría hacer que desarrolles una falta de límites con otras personas, permitiendo que relaciones dañinas entren en tu vida, pues estás desconectadx de tus necesidades emocionales y no las validas. Con el tiempo, esto puede afectar tus relaciones y amistades, así como sabotear tu confianza en el trabajo o el deseo de perseguir tus metas en la vida.

Así como el aforismo griego “Conócete a ti mismo” nos invita a tener una exploración de nuestro ser, la tendencia actual parece ser más del tipo: “Relaciónate contigo”. Construye una relación con las bases adecuadas para cualquier otra: respeto, escucha, compasión, apoyo, amor. Es de esta manera que encontraremos vías de autoexpresión emocional y desarrollo de nuestras potencialidades, experimentando vidas más plenas.

Por Emma Sánchez.

Poniendo límites con/sin miedo

Los límites son necesarios para tener relaciones sanas y una vida sana. Casi que la mayoría de nuestros problemas en las interacciones con otras personas están centrados en la transgresión de límites, que es una transgresión de respeto. Pero a la vez, en nuestra comunicación diaria con las personas hay una dificultad enorme para mostrarle al otro cómo quiero ser tratado. Parece que diéramos por sentado que no podemos esperar la empatía de los otros seres para entender nuestra verdad, y que éstos siempre podrán volver su enojo hacia nosotros si llegan a sentirse limitados en sus deseos o expectativas. Es una forma de relacionarnos profundamente errada, en donde no hemos superado el juego del ego y la complacencia, los cuales nos muestran una importante inmadurez emocional. Además esparcida socialmente. Al que le ponen límites no quiere recibirlos, y el que se siente abusado no se permite ponerlos.

Afortunadamente establecer límites es una habilidad que se puede desarrollar. Aunque sea una habilidad para la que muchos de nosotros no fuimos educados, siendo casi una noción desconocida en su vida y de muy difícil aplicación, esta capacidad puede crecer en ti, y es de vital importancia (sí, vital!) que la aprendas. Sin poner límites tus relaciones no van a funcionar, tu vida no va a experimentarse tranquilamente, tu seguridad personal va a verse cada vez más disminuida, vas a estresar crónicamente, vas a experimentar ansiedad, ataques de ira, sentimientos reprimidos, resentimiento, depresión, insatisfacción con tu vida, tristeza, y quedarás atrapado en sentir todo esto con el fin de evitar sentir lo que vivirías si hablaras y pusieras tus límites; vergüenza, culpa, miedo al conflicto por el enojo del otro, miedo a su desaprobación, miedo a que no te quiera. 

Poner límites es un gran acto de amor propio. Si estás animándote a hacerlo, o al menos ya reconoces su valor, puede que te estés preguntando cómo hacerlo bien. Cómo poner límites ocasionando el menor colapso posible en tus relaciones. 

Aquí reúno algunas ideas de la Dra. Dana Gionta, quien ha profundizado mucho en el tema, y con cuyas ideas me encuentro muy de acuerdo pues las he experimentado en el consultorio ayudando a que las personas empiecen este proceso, que dará por resultado mucha sanación, ya que tu amor propio se incrementará y no tendrás que hacerlo desde la rabia o la explosión emocional, sino desde una sana comprensión de tus necesidades y, con actitud compasiva, también podrás ser firme en la explicación al otro de cómo debe tratarte. 

  1. Nombra tu límite: 

No puedes establecer buenos límites si estás inseguro de dónde plantarlos. Por esto tienes que identificar tu límites físicos, emocionales, mentales y espirituales. Considerar lo que puedes tolerar y aceptar y lo que te hace sentir incómoda o estresada. 

Claramente y objetivamente decir el límite. Ejemplo: “no voy a estar respondiendo mensajes pasadas las 7 pm” “Necesitaré que me preguntes antes de programarme alguna reunión” “Necesitaré una noche de la semana para mí mismo”

  1. Alinearte con tus emociones y sentimientos: 

La Dr. Dana Gionta plantea que hay unas banderas rojas o pistas de que estamos traspasando nuestros límites: discomfort y resentimiento. Ella sugiere pensar esos sentimientos como un continuum de 1 a 10. Seis de 10 es ya la zona alta. Si tu estás en la zona alta de este continuum, durante o una situación o interacción, deberías preguntarte a ti mismo, ¿Qué está causando esto? ¿Qué es lo que de esta interacción, o de las expectativas de la otra persona que me están molestando?

El resentimiento usualmente “viene de sentir que el otro se aprovechó de nosotros, o no ser apreciados”. Es frecuentemente un signo de que nos estamos empujando a nosotros mismos, o más allá de nuestros propios límites porque nos sentimos culpables (por no ser una buena hija o esposa, por ejemplo), o alguien más está imponiendo sus expectativas, puntos de vista o valores en nosotros. 

“Cuando alguien actúa en un modo que nos hace sentir incómodos, ésta es una señal para nosotros de que ellos pueden estar violando o cruzando un límite” -Gionta.

  1. Comunicar TUS necesidades (sin enfocarte en la otra persona)

Empieza tu límite con tus propias necesidades, no como tu quisieras que el otro se comportara). Ejemplo: “Yo necesito algo de espacio para responder tus mensajes de chat” en vez de “Necesito que dejes de bombardearme con textos antes de que yo tenga el chance de contestar. 

Sé directo. Con algunas personas, mantener límites sanos no requiere un diálogo directo. Usualmente este es el caso si las personas tienen estilos de comunicación similar, personalidades o puntos de vista similares ante la vida. Pero con otros, necesitas ser más directo sobre tus límites. Considera este ejemplo: “una persona considera que debatir las opiniones ajenas es una manera saludable de comunicación” pero otra persona siente esto como irrespetuoso y tenso. Hay otras veces en que tu puedes necesitar ser directo. Por ejemplo, las parejas pueden necesitar hablar acerca de cuánto tiempo ellos necesitan para mantener su sentido de sí mismos y cuánto tiempo quieren pasar juntos.

  1. Date permiso a ti mismo

Miedo, culpa y dudas son los grandes trampas potenciales. Es normal que sintamos miedo a la respuesta del otro si nosotros establecemos y reforzamos nuestros límites. Nosotros podemos sentir culpa por hablar  decir no a un miembro de la familia. Muchos creen que ellos deben ser capaces de lidiar con una situación o decir si porque ellos son unos buenos hijos o hijas, incluso cuando se sientan drenados o de alguna manera invadidos o que toman ventaja de ellos. Puede que hasta se pregunten si incluso merecen tener límites en primer lugar. 

Los límites no son solo un signo de una relación saludable. también son signo de auto respeto. Date a ti mismo permiso para establecerlos y trabaja para preservarlos.

  1. Practica auto-consciencia

Los límites son acerca de honrar tus propios sentimientos. Si tu notas a ti mismo dilatando y no sosteniendo tus límites, Gionta sugiere preguntarse: Qué ha cambiado? Considerar: “Qué estoy haciendo o qué está haciendo la otra persona?” o “Cuál es la situación elicitando que está haciéndome resentida o estresada?” entonces, meditar sobre tus opiniones: “Qué voy a hacer acerca de la situación? Sobre qué tengo control?

  1. Considera tu pasado y presente

Cómo fuiste criado en cuanto a tu rol en tu familia suele ser la razón por la que tienes obstáculos emocionales en establecer y preservar límites. Si tu has sostenido el rol de cuidador, aprendiste a enfocarte en otros, dejarte a ti mismo de lado te drena emocional y físicamente. Así, ignorar tus propias necesidades puede haberse convertido en la norma para ti. 

También piensa en las personas que te rodean, ¿tienes relaciones recíprocas con ellas? Existe un saludable toma y dame?

Más allá de las relaciones, tu ambiente puede ser poco saludable. Por ejemplo, si tu trabajo es de 8 horas al día pero tus compañeros de trabajo permanecen al menos 10 a 11, hay implícita una expectativa de ir más allá, y esto te llevará a trabajar más. Puede ser muy desafiante ser el único de pocos tratando de mantener límites saludables. De nuevo, aquí es donde sintonizar tus sentimientos y necesidades y honrarlos se vuelve crítico. 

  1. Haz de tu autocuidado una prioridad

Creo que lo que hago como psicoterapeuta tiene que ver mucho con ayudar a que las personas hagan de su autocuidado una prioridad, lo cual también involucra darte permiso a ti mismo(a) de ponerte primero. Cuando hacemos esto, “nuestra necesidad y motivación para establecer límites se fortalece”. Autocuidado también significa reconocimiento de la importancia de tus sentimientos. Estos sentimientos sirven como “importantes señales acerca de nuestro bienestar y lo que nos hace felices e infelices”

Ponerte a tí mismo primero también te da la “energía, paz mental y el panorama positivo para estar más presente con otros y estar ahí para ellos”. Y cuando nosotros estamos en un mejor lugar podemos ser una mejor esposa, madre, esposo, compañero de trabajo.

  1. Busca Apoyo

Si estás teniendo muchas dificultades con los límites, busca algún apoyo, como un grupo de apoyo, tu iglesia, coaching, terapeuta o buenos amigos. Con los amigos o familia, puedes incluso hacer un ejercicio de establecimiento mutuo de límites y responsabilizarse mutuamente. 

  1. Se asertivo

No solo basta con establecer límites; tenemos que seguirlos. Incluso cuando sabemos intelectualmente que las personas no son lectores de mente, nosotros esperamos que los otros sepan lo que nos duele o molesta. Pero ya que eso no ocurre, es importante asertivamente comunicarle a la otra persona cuando ha cruzado un límite. 

De una forma respetuosa, dejamos a la otra persona saber lo que en particular es molesto para ti y que pueden trabajar juntos para abordarlo.

Evita también la sobre explicación. En parte esto tal vez es un juego del ego que ya está listo para la defensa.  Sólo observa esto y resiste el impulso de explicar. Un “NO” claro y una frase de límite permite a la otra persona elegir cómo responder. No estamos buscando controlar a la otra persona. Estamos buscando darnos un lugar.

  1. Empieza pequeño (Baby Steps)

Como cualquier nueva habilidad, comunicar asertivamente tus límites toma práctica. Puedes empezar con un pequeño límite que no te esté amenazando, y luego incrementar a límites más desafiantes. Construir sobre tu éxito, y al principio, tratar de no tomar algo que te haga sentir abrumado.

“Establecer límites toma coraje, práctica y apoyo”, y es una habilidad que puedes masterizar.  

Te dejo algunos ejemplos de situaciones que requieren límites

  • En la vida laboral 

– Tus clientes llaman durante conocidas horas de cenar o almorzar, o después de las 9 o 10 pm cuando les has pedido que te llamen antes de las 7 pm. 

– Fuiste recientemente contratado en un cargo. Después de empezar, te encuentras a tí mismo haciendo algo completamente diferente. 

– Tu jefe te regaña repetidamente enfrente de tus compañeros de trabajo o clientes. 

– Continuamente recibes mail (o chats!) y llamadas mientras estás en tus vacaciones. 

– Eres requerido continuamente para que trabajes durante horas de trabajo o en las noches. 

– Tenías un acuerdo con tu jefe o cliente por un marco específico de tiempo o deadline para un proyecto, y después recibes exigencias para completarlo antes

– Si tu no haces exactamente lo que tu cliente desea (incluso si no le conviene), él o ella se enoja o te amenaza con irse del negocio.

– Tu familia/amigos te llaman a lo largo del día a la oficina, aunque has pedido repetidamente que ellos selecciones tiempos diferentes, o solo si es urgente.

Te tengo una noticia: aceptémoslo, no vas a atravesar estas situaciones sin sentir un profundo malestar, rabia, sentido de injusticia y desesperación. El miedo a quedarse sin empleo si hablan es el más típico que refiere la gente cuando se lo invita a darse cuenta que debe plantear sus límites en entornos laborales. Es importante que ubiques tus emociones y les des un lugar dentro de ti, las sientas, las nombres, las descargues de la manera que sientas que debes hacerlo: llorar, hablar con alguien, escribir. Pero también que puedas darte cuenta que te mereces respeto en el entorno laboral, que puedes agotar diferentes maneras de conversación asertiva, que puedes buscar áreas de recursos humanos, o que incluso, en última instancia, puedes planear tu salida de un lugar donde no te respetan ni escuchan. Habrá cosas que acomodar de la realidad material de tu vida, habrá incertidumbre, pero puede que al tomar el coraje para hacerlo, te estés dando un empujón hacia una vida mucho mejor. 

  • Con las personas cercanas

Cuando tu familia quiere solucionarte los problemas. 

Un límite claro podría ser: “Me gusta saber que deseas estar aquí para mi, pero yo quiero aprender a solucionar el problema por mi mismo(a). ¿Podría preguntarte cuando yo desee tu consejo?”

Cuando te dan consejos no pedidos. 

“Cuando tu pienses que tienes un buen consejo para ofrecerme, yo quisiera que primero me preguntarás, “¿cómo puedo ayudarte?”, antes de que me lo compartas”

“Significa mucho para mi que tu desees estar aquí para mi. Haré mi mejor esfuerzo por dejarte saber el tipo de apoyo que necesito en el momento -para que tu solo me escuches; para solucionar el problema y explorar opciones juntos; o para darme tu consejo”

Cuando opinan sobre tu físico o tus decisiones o filosofías de vida.

“Entiendo que en tu visión del mundo no estás de acuerdo con el amor entre personas del mismo sexo. Te pido no darme tu opinión sobre mi forma de amar si no te lo he pedido”

“Si no te he pedido orientación o consejo acerca de mi salud, mi peso o la forma de mi cuerpo, te pido que te abstengas de dármelos”

Los límites nos incomodan como a un niño le incomoda ducharse a cierta hora, levantarse para ir al colegio, o no gritarle a los amiguitos del salón. Los límites, las normas no nos gustan. Así no nos gusten, nadie negaría la importancia de que un niño aprenda estas cosas -para su vida y la vida en sociedad-. Alguien me decía una vez que le parecía increíble que le tuviera que poner límites a sus tíos adultos, que en reuniones familiares se sentaban a comparar la belleza o la inteligencia de las sobrinas. “Él ya tiene saber hace mucho tiempo que eso no se hace”. Pues bien, lo está haciendo contigo, y tu no tienes que recibir su mala forma de relacionarse. 

Por último, quisiera recordarles que todos, en nuestros pequeños y grandes actos, estamos construyendo sociedad. No normalicemos más la falta de empatía y los miedos a expresar nuestra verdad. No podemos hablar de amor propio y aprender a querernos si no le enseñamos a otros a querernos. Es un acto de amor propio esencial. 

Por Emma Sánchez

Deseo de ser otro. La ansiedad de status

“El sentimiento de que podríamos ser otro y no el que somos, generado por los logros superiores de aquellos que tomamos como iguales, nos provoca ansiedad y resentimiento”

Alain de Botton

Este artículo trata sobre la sensación de escasez, el discurso de carencia, esa obsesión que se filtra por los ojos y embota el cerebro de casi todas las personas de esta generación y cultura.  ¿Han sentido ustedes ese cosquilleo profundo cuando alguno de sus conocidos tiene un mejor apartamento, un mejor carro, lo ves tranquilo en sus vacaciones de lujo, se viste con el último grito de la moda, en últimas goza de todo eso que tu quisieras tener y no has podido? ¿O has sentido esa pregunta obsesiva sin respuesta que dice por qué el otro está mejor si yo también lo merezco y he hecho todo mi esfuerzo? Esa tentación ardiente de tener más, esa obligatoriedad de tener más, porque incluso si tu no quieres más, de admitirlo te mirarían extraño en la oficina, te considerarían una persona de “poco empuje”, poca ambición, todo un mediocre. E inmediatamente estarás en el cajón de los fracasados a los ojos de los demás. Pues bien, esta la angustia existencial del mundo de hoy: “la ansiedad de status”.

Alain de Botton, un filósofo y pensador de la vida cotidiana, lo analiza señalando que “en las sociedades avanzadas nos pagan salarios elevados que aparentan hacernos más ricos, pero en realidad el efecto red puede estar empobreciéndonos, al alentar en nosotros expectativas ilimitadas y mantener abierta la brecha entre lo que queremos y lo que podemos afrontar” Ahora bien, no vamos a negar, ni De Botton ni yo, las ventajas innúmeras de la civilización ambiciosa, del deseo humano de llegar más lejos, y de la increíble máquina que es el cerebro que nos aporta visión e invención para desarrollarnos.  Pero es desconcertante la manera en que estas ventajas creadas por el ser humano van de la mano con el incremento de la enfermedad mental, de la insatisfacción con la vida, del poco tiempo para todo lo importante. La “ansiedad de estatus” me parece un gran nombre para describir esta situación exasperante. Nos convertimos en ansiosos roedores del reconocimiento, el logro y las ganancias.

Si lo miramos con detenimiento estamos llenos de furor mediático por las historias de éxito de los grandes multimillonarios, que son unos pocos comparados con todas las historias de pobrezas, fracasos, angustias y sufrimientos de los que también intentaron serlo. Estos discursos inspiradores son necesarios, pero De Botton señala algo que a mí como psicóloga me parece más que cierto; “esta sociedad ha vinculado ciertos recompensas emocionales con la adquisición de bienes materiales”, y pues bien, no son los bienes materiales lo que queremos, sino estas recompensas en afecto.

En esta época de grandes cambios tecnológicos, para este autor, el aspecto más extraordinario de la escena del trabajo tal vez esté en el fin psicológico, que como dice De Botton “tiene que ver con nuestra actitud hacia el trabajo, y más específicamente con la amplia expectativa de que el trabajo puede hacernos felices y ser el centro de nuestras vidas. Y aunque parezca sorprendente, este concepto es nuevo. En la Edad Media el trabajo era una esclavitud hasta que genios creativos del renacimiento como Leonardo Da Vinci mostraron que podía ser mejor hacer un trabajo extraordinario que ser un aristócrata ocioso. La pregunta que introduce este autor es: ¿si el centro de tu bienestar y satisfacción personal está en tu trabajo, qué haces cuando te despiden, o te sientes insatisfecho?.

Algunos dirán: pero ¿Qué sería de nosotros sin nuestras expectativas de logro?. Yo los entiendo pues soy de las que considero que el trabajo me da una felicidad importante, sin la cual mi existencia se vería con su sentido un poco a la deriva. También soy de las que busca ser productiva y le da gran satisfacción los resultados exitosos. Pero el cuestionamiento cultural es tal vez éste: ¿Cuál es el logro que estamos buscando, que las personas sean felices creando y produciendo obras extraordinarias, o que las personas sean felices escalando los peldaños estructurados por la cultura ambiciosa de beneficios económicos? Porque seamos sinceros, y como plantea De Botton, “La probabilidad de alcanzar hoy el pináculo de la sociedad capitalista es sólo marginalmente mayor de lo que era hace cuatro siglos la posibilidad de ser aceptado en la nobleza francesa, aunque al menos la era aristocrática era más franca, y por lo tanto más amable acerca de las oportunidades”. Hoy la gran mayoría de las personas que ingresan a un cargo en grandes organizaciones, no consideran su labor como suficiente, y ser CEO es un título deseado, como ser el macho alfa en las comunidades de primates.

Y ustedes dirán en este punto: ¿Acaso ser competitivos no es propio de nuestra naturaleza humana?, sí, pero también lo es ser colaborativos, creativos, con ocio para el juego, el disfrute y la invención. Por ejemplo, sin la colaboración nuestra especie nunca hubiera llegado a ser lo que es hoy. Y hoy la competencia es aún más dura pues la actitud de éxito tiene que traslucirse a toda costa en muchos mínimos detalles y en todo momento; desde la sonrisa permanente, la alta jovialidad, el discurso que muestra los conocimientos (o los contactos) en los primeros diez minutos de una conversación, la extroversión sin tacha, y por supuesto una ostentación de bienes materiales propios de las personas del estatus superior. Además, sin tiempo para la relajación, el ocio creativo, el juego y el verdadero placer del estar en el presente sin preocupaciones, nuestras posibilidades de pensamiento se ven altamente reducidas.

Además, la cultura del status y la agitación, o “hustle culture” como se le está llamando ahora, también nos llena de modas que son como máscaras de las cuales no nos podemos salir para pedir permiso a obtener un balance en nuestra vida cotidiana. Como por ejemplo, la actitud del super ejecutivo actual, que aunque se promuevan cambios de paradigma del liderazgo, corre el riesgo de que el liderazgo de nuestro mundo actual no sea sino una moda impuesta, como el vestir de tacones o corbata para aparentar competencia organizacional. El liderazgo de nuestro tiempo y la consciencia corporativa, desde mi punto de vista, debería ser el que permita desarrollar en las personas esa felicidad por la creación, ese balance y tiempo para la salud mental, y por tanto deba combatir la ansiedad de estatus. Pero es muy difícil porque el brainwashing contemporaneo juega precisamente con esa ambición y “deseo de ser otro” que moviliza a tantos a esforzarse y sacrificar horas de vida y de sueño para cumplir con las corporaciones y obtener los beneficios del superhéroe de nuestro tiempo.

Hoy la mayoría de personas que son laboralmente activas sufren de ansiedad, depresión, problemas en sus relaciones, falta de tiempo para compartir con sus familias, burn-out, y el famoso síndrome del “workaholic” que lo obliga a sentir que nunca es suficiente, permitiendo que el trabajo; esa felicidad central de su vida, se le filtre por la puerta de su casa, y se instale como una invitada que llegó para quedarse en la cama matrimonial y en la habitación de los hijos. ¿Acaso eso no es un precio muy alto por los altos beneficios del estatus deseado? ¿Acaso no proviene de una falla central en nuestra autoestima que nos hace creer que no está bien ser como somos, o vivir con un poco de simpleza y mesura en nuestras metas? ¿No es un obstáculo a la tranquilidad mental necesaria para hacer algo, precisamente extraordinario? ¿No es esa una escasez, una sensación de carencia susurrando angustiada al oído y muy costosa de mantener?

Dejo al aire mis preguntas. Mis respuestas ya las conozco y han sido el factor causal que me llevó a vivir de otra manera, y a verificar que con otro estilo de vida, -el del “decrecimiento” y el respeto del tiempo-, puedo vivir sin ansiedad y hasta contar con más dinero pues soy más dueña de mis gastos, y no consumo modas por ansiedad, ni por necesidad de estatus.

Por Emma Sánchez

Todas las citas provienen del artículo “Encuentro con la verdadera identidad”, Laura Babini, Wobi Magazine, Agosto-Septiembre 2013.

La mente anticipatoria y su infelicidad

Somos los únicos seres que tienen la capacidad de predecir. Si bien hay animales que saben prepararse para un invierno, no tienen una habilidad de predicción de variables tan flexible, adaptable y desarrollada como la humana. Esta capacidad nos ha ayudado a sobrevivir y transformar nuestro mundo, y eso es grandioso. Sin embargo la mente anticipatoria de los humanos es responsable de su infelicidad.

Si bien esta es una capacidad muy útil para la supervivencia, no lo es tanto para la felicidad. ¿Por qué? pues bien, cuando anticipas estas buscando ganar control sobre una situación que previenes, pero también te estás estresando. Tu mente empieza a operar en modo supervivencia experimentando la vida como un juego de estrategia en el que tiene que garantizarse “lugares seguros” a través del hábito de la preocupación. Así nos vamos convirtiendo en preocupadores crónicos.

Sin dudarlo, la mente es más feliz cuando goza más libre del peso de la anticipación. Deja la sensación de estar en peligro y puede reentrenarse en percibir el presente con confianza, como un lugar seguro. Y por supuesto, también cuando abandona el pasado, pues rumiamos el pasado como una manera (errada) en la que creemos que al evaluarlo podremos controlar mejores variables para estar a salvo en una situación similar en el futuro. O porque nos duele algo del pasado, pero la razón de este dolor suele estar también en las expectativas de seguridad, comodidad o perfección que nos hicimos en el pasado sobre una situación, para precisamente ganar control.

Lo lamentable de esto es que entre todo este “modo supervivencia” queda relegado el presente. Y en este reside el secreto de todo. Pues solo aquí estás construyendo las causas y las condiciones para estar bien. Aquí se está jugando el partido. Aquí es el momento para sentir, para ser espontáneo, para vivir. Y todo esto contribuye a tu salud mental.

Te dejo por aquí un episodio viejito de mi podcast con algunas ideas prácticas de hábitos a construir para ayudarnos a estar más presentes en el presente.

Con amor, Emma

¿Qué he encontrado en la psicología budista?

“Las enseñanzas budistas no son una religión,

son una ciencia de la mente”

—Dalai Lama

La psicología budista no es acerca de “transformarte” o “arreglarte” para hacerte algo diferente, sino recordar quién eres en realidad. Y de esto trata el primer principio de esta psicología según el psicólogo, antiguo monje y profesor de psicología budista, Jack Kornfield, quien enseña que sembrada en el centro de las enseñanzas de Buda, está la idea de que eres un ser noble, tienes esencia búdica. Nos invita a no negar que la esencia amable y bondadosa está en todos los seres humanos. Así, desde esta base, Buda enseña un camino de entrenamiento de cambio de patrones de nuestros estados mentales aflictivos para abrir las capacidades de la mente para la liberación, que nos lleva a descubrir nuestra verdadera naturaleza. La idea esencial es probar la liberación de la mente y el corazón y apuntar a esta libertad en todas las circunstancias de nuestra vida. 

Y me gusta usar la palabra “probar” para hablar de que las enseñanzas de Buda implican un camino de experiencia, más que de reflexión. En las enseñanzas budistas lo que exploramos a través de la meditación es la posibilidad de hacer un giro que va desde la confusión del apego, el miedo, la necesidad de control, la vergüenza, etc. hacia la libertad espaciosa de una presencia tranquila y despierta en el mundo. Y así también se transforma la consciencia de nosotros mismos hacia el reconocimiento de que somos amables, capaces de compasión, interdependientes y libres del apego que causa el sufrimiento. Pero todo esto por el camino de la experiencia, del entrenamiento en las prácticas contemplativas y de atención plena. 

Y es así porque prestando atención a  nuestra mente experimentamos que la atención también transforma nuestros cuerpos físicos. La forma en que percibimos afecta todo. Si quisiéramos transformar, por ejemplo, la consciencia del cambio climático, la ambientalista budista Joanna Macy nos dice que necesitamos desear diferentes cosas, buscar diferentes cosas, atender a diferentes cosas, actuar de diferente manera para salvar nuestro planeta. Pero estamos atrapados en historias en nuestra cabeza. Lo que consideramos importante y a lo que prestamos toda nuestra atención no es revisado con consciencia. Si prestamos atención, hay otra manera de vivir. Meditar no es fácil, y en palabras de Jack Kornfield, se necesita un poco de humildad para quedarse quieto a experimentar todo el movimiento, el río de nuestro interior. 

Pero en ese quedarse quieto reside la esencia de lo que me parece fabuloso de la psicología budista. Estamos en un mundo de demasiado movimiento, mental, físico, de información, de interacciones. Movimientos veloces, procesos casi instantáneos, y por tanto, en piloto automático. El deseo de arreglar, el ajuste rápido, la mentalidad de éxito ha permeado toda nuestra vida, incluso el ámbito de la psicoterapia, que se quieren ofrecer hoy en día como métodos y técnicas eficientes y ágiles para cambiar a  las personas, moldearlas en mejores versiones de sí mismas en unas cuantas sesiones. Todo esto lo abandona la ciencia de la mente que propone el budismo. La meditación no es una actividad orientada a un logro, es un proceso. Y el poder no lo tiene el maestro de meditación, sino el meditador, quien acude al encuentro día tras día consigo mismo para experimentar la naturaleza de sus procesos mentales, y por tanto de la realidad. Es decir que su poder de transformación y liberación siempre está en él. 

Aunque en la meditación estés quieto estás sintiendo el río del movimiento de tus sentidos, de tus emociones, de tus pensamientos, de tu experiencia de vivir.

Hay un elemento en la manera en que Buda describe el mundo, y es que entre la consciencia y la experiencia del mundo existe lo que llamamos cualidades mentales que nos relacionan con la experiencia.  Algunos de ellos son poco saludables, generan dolor. Nos llevan al conflicto con el mundo. Y otros nos llevan a sentirnos conectados, tranquilos y abiertos con la experiencia del mundo. “La psicología budista hace la salud mental simple para nuestro entendimiento. La presencia de estados mentales saludables crea una mente saludable; la presencia de estados no saludables crea estrés mental, infelicidad, y enfermedad mental” dice Kornfield en su libro The wise heart.

Los estados mentales no saludables tienen tres raíces: apego, aversión e ilusión o espejismo. De estas tres raíces emergen estados de envidia, rigidez, ansiedad, aburrimiento, cinismo, egocentrismo, duda, agitación y percepción errónea. Entre más fuertes sean, más sufrimos. En su estado peor, crean psicopatología. El apego y la codicia crean adicción, la preocupación se convierte en paranoia, el cinismo en sociopatía, la aversión en odio y furia. 

Los estados mentales saludables tienen tres raíces: amor, generosidad y mindfulness. De estas tres raíces surgen estados de claridad, serenidad, insight, alegría, adaptabilidad, confianza, discreción y balance. Cada uno de estos estados crea una mente libre y feliz. Ellos crecen desde la atención plena y como la luz del sol en la niebla, la presencia de ellos disuelve los estados no saludables.  

Con la meditación la invitación es a vivir la experiencia del río de todos los estados mentales, y descansar en ella. Nos invita a confiar en que podemos descansar en la consciencia de todas las sensaciones, emociones y pensamientos que son la experiencia de la vida. Tanto los dolorosos e incómodos, como los tranquilos y felices. Y asentándonos en esa experimentación con consciencia, también comprendemos la transitoriedad de todos los estados de la vida. La impermanencia, que es el otro elemento que me parece esencial y más valioso de la psicología budista. La búsqueda de Buda es la de quitar los velos que no dejan ver la realidad, la verdad. Y la impermanencia es una gran verdad. Todo es transitorio. Por esto el ejercicio de no apegarnos a la felicidad ni tampoco a los estados de dolor se hace crucial para cultivar una vida sin sufrimiento. 

Jack Kornfield decía en una entrevista: “No importa como decidas vivir, siempre será un río de movimiento. Tendrás de todo”. Y evocaba las palabras de Helen Keller quien decía que “la vida es una aventura o nada”.

La meditación no es tratar de detener el río de la experiencia. En vez de esto hay una alternativa, descansar ahí desde un estado de apertura del corazón y consciencia, abierto y presente a la dicha y el sufrimiento de la vida. Esto termina por fortalecer al ser humano, le ofrece la consciencia de que puede existir en este mundo y sobrellevar la existencia sin miedo.

Eres feliz cuando dejas de apegarte al deseo, paras las ansias que vienen de la falsa idea de felicidad, de que estarás mejor cuando tengas eso que estás ansiando. Todas las formas de apegarse al deseo o al rechazo, al control, son maneras de detener y no vivir la experiencia de la vida.

¿Por qué no empiezas por desear así de fuerte lo que ya tienes? El problema no es el deseo, es la trampa de desear más, siempre otra cosa que te falta, y apegarte, y hasta maltratarte para conseguirla. 

Así que para mí la psicología budista es valiosa porque nos ofrece una experiencia práctica de silencio y quietud, que aunque parece simple y hasta aburrida, es compleja y te enfrenta, te pone cara a cara con los aprendizajes necesarios para dejar de sufrir. Las enseñanzas de Buda te ayudan a confiar en nuestra capacidad para estar presentes en la vida, a ser seres que podamos experimentar y dejarnos atravesar por todo lo que es la vida. La desconfianza y temor está sembrada y enquistada en el centro de la experiencia de las personas que por muchos años he visto acudir a psicoterapia, por esto cambiar el paradigma y escuchar con atención lo que Buda tuvo para ofrecernos, no como religión con prácticas doctrinales, sino como comprensión de la mente y la condición humana, me ha transformado y me ayuda a crecer, tanto -o probablemente más- que la psicología occidental.

 

Con amor, Emma.

Photo by David Bartus

La autocompasión y la renuncia del ego

¿A qué te suena la palabra autocompasión? ¿Se te viene una sensación religiosa, como palabra que repiten curas o guías espirituales? ¿Te da una idea de amor romántico a uno mismo, pero vacía y cliché? Pues creo que para muchos la palabra tiene una asociación con el compadecimiento, una idea de que si te invitan a ser autocompasivo contigo es como si te propusieran darte palmaditas en la espalda, o victimizarte y compadecerte de tu suerte. Pero la autocompasión es una noción un tanto diferente.

Tim Desmond lo define de una manera que me gusta: “Autocompasión es el reconocimiento de que no importa lo que esté pasando en nuestras vidas, nosotros somos dignos de amor”. Y esto nos lleva a celebrar y disfrutar de nosotros mismos cuando la vida va bien, pero también ser amables y perdonarnos cuando la vida está dura. Por esto nos ayuda a cuidar bien de nosotros mismos cuando la vida se encuentra con las dificultades inevitables. Se trata de una postura benevolente. Y aquí vienen las confusiones, benevolente no significa que seamos ciegos a lo que está mal para meternos en un positivismo tóxico, ni que andemos por el mundo sin reconocer nuestros actos que pueden ser cambiados o que fueron errados, y en nombre del “amor propio” lo que hagamos sea amar nuestro ego sin transformación. Benevolente simplemente como quien tiene simpatía y buena intención hacia el otro, hacia la apreciación de las obras de los otros. 

Y esto, por muchos motivos de nuestra configuración psíquica, parece que nos fuera más fácil ofrecerlo a los demás, que cultivarlo en nosotrxs mismxs. Ofrecerse a sí mismos esta calidad de buen trato, de forma incondicional y continuada, es un problema para miles de personas que sufren cada día. Con los años considero que está en el centro de los problemas de la mayoría de personas que he acompañado en psicoterapia por años. Independientemente de que sus motivos de consulta varían, en el centro, el trato hacia sí mismos está inundado de críticas destructivas, palabras violentas, exigencias con estándares inalcanzables. Muchos ni siquiera son conscientes del daño interno que se infringen, y otros hasta consideran que deben tratarse así para mejorar. Tan normalizado está.

Ofrecerse a sí mismos esta calidad de buen trato, de forma incondicional y continuada, es un problema para miles de personas que sufren cada día.

Y entonces, ¿Cómo superar esta tendencia aflictiva de la mente auto punitiva?. Kristin Neff, psicóloga estadounidense pionera en el estudio de la autocompasión, dice que tener compasión por unx mismx no es realmente diferente del proceso de tener compasión por los demás. 

Para ilustrarlo, nos invita a pensar en cómo se siente la experiencia de la compasión. Primero, para tener compasión por los demás debes notar que están sufriendo. Si ignoras a esa persona sin hogar en la calle, no puedes sentir compasión por lo difícil que es su experiencia. En segundo lugar, la compasión implica sentirse conmovido por el sufrimiento de los demás para que tu corazón responda a su dolor (la palabra compasión significa literalmente “sufrir con”). Cuando esto ocurre, se siente calidez, cariño y el deseo de ayudar a la persona que sufre de alguna manera. Tener compasión también significa ofrecer comprensión y amabilidad a los demás cuando fallan o cometen errores, en lugar de juzgarlos con dureza. Finalmente, cuando sientes compasión por otro (en lugar de mera lástima), significa que te das cuenta de que el sufrimiento, el fracaso y la imperfección son parte de la experiencia humana compartida. 

Así, una actitud autocompasiva implica actuar de la misma manera contigo mismx cuando estás pasando por un momento difícil, fallas o notas algo que no te gusta de ti. En lugar de simplemente ignorar tu dolor, te detienes para decirte: “esto es realmente difícil en este momento, ¿cómo puedo consolarme y cuidarme en este momento?” En lugar de juzgarte y criticarte sin piedad por varias insuficiencias o defectos, despliegas amabilidad y comprensión cuando te enfrentas a fallas personales; después de todo, ¿quién dijo que se suponía que eras perfectx?

Puedes tratar de cambiar de manera que te permita ser más saludable y feliz, pero esto se hace porque te preocupas por ti mismo, no porque sea inútil o inaceptable tal como es. Quizás lo más importante, tener compasión por ti mismo significa que honras y aceptas tu humanidad. Las cosas no siempre saldrán como uno quiere. Encontrarás frustraciones, ocurrirán pérdidas, cometerás errores, chocarás con tus limitaciones, no alcanzarás tus ideales. Esta es la condición humana, una realidad compartida por todos nosotros. Cuanto más abras tu corazón a esta realidad en lugar de luchar constantemente contra ella, más podrás sentir compasión por ti mismo y por todos tus semejantes en la experiencia de la vida.

Ahora bien, si bien las corrientes que promueven la autocompasión por medio del mindfulness o meditaciones de la compasión, provenientes del Budismo, buscan que el trabajo personal se dé incluyendo y cultivando la compasión, tengo la impresión de que realmente este proceso de fortalecer la capacidad compasiva y autocompasiva no va a ocurrir sin trabajar otro elemento que también se destaca en la psicología Gestalt y en el Budismo: la renuncia al ego, o lo que se llamaría en psicología, “el falso self”.

El ego es una máscara, una creación de supervivencia entendida como esa creación adaptativa para sobrevivir al dolor, llena de patrones automáticos y repeticiones. Nos dice que construimos nuestra identidad en torno a las adaptaciones aprendidas que conforman nuestras creencias sobre nosotros y el mundo, las que hemos interiorizado que nos traerían admiración, amor, aceptación de nuestras figuras parentales y entorno cercano. Nos aferramos con angustia de supervivencia de esa posibilidad de ser amados a través de esa especie de máscara identitaria que me da un lugar en el deseo y amor del otro. Por esto para mí, el proceso autocompasivo no está completo si la persona no ha atravesado por una renuncia profunda a su propia máscara e ilusión y ha dejado el espacio vacío para reencontrarse con su Verdadero Self o ser. 

Amarnos a nosotros mismos benevolentemente no nos lleva a la evolución si seguimos amando máscaras, ilusiones que hemos construido para que los demás nos amen, enmascarando que en el fondo aún no sabemos quién somos y por tanto, en realidad no amamos nuestro verdadero rostro.

La autocompasión implica ver la verdad fea también en nosotros, reconocer el sufrimiento de estar enjaulados y querer más el liberarnos que el seguir siendo admirados. 

¿Qué piensas tu? Déjame tus comentarios, conversemos. 

Con amor, Emma

Amor a otros o amor a uno mismo: ¿una dicotomía?

La cultura moderna parece convertirnos cada día en seres más individualistas. La preocupación por nuestro individualismo se ha enfatizado por filósofos y teóricos culturales. Entre algunos con postura crítica que intentan advertirnos los efectos tal vez trágicos de continuar en esta línea está el renombrado Byung-Chul Han o el sociólogo Zigmunt Bauman. Por otra parte hay otros contemporáneos defendiendo que el lugar del individuo es esencial para hacer contraposición a una sociedad que quiera meter sus narices y normas en procesos de los individuos que deben ser respetados en su libertad y dignidad.

Así es como si nos mantuviéramos en una tensión infinita sobre el lugar adecuado del individuo y de lo colectivo en una sociedad justa. Y puede que para muchos haya en el mundo actual buenos ejemplos de una sincronía entre ambos que aparentemente acabaría con la disyuntiva u oposición. Por ejemplo, el movimiento Me Too, la aparición de lo colectivo, difundido y masificado por las redes sociales, en pro de los derechos de las mujeres. Si pensamos que muchos de estos movimientos basados en diferentes causas como los derechos de la comunidad LGBTIQ, o el cambio climático, están en boga, ¿podemos afirmar que la sociedad actual es individualista? ¿Y esto, cómo tiene que ver con el llamado “amor propio”?

El individualismo es una filosofía política y social que enfatiza el valor moral del individuo y hace del individuo su centro de atención. El concepto valora la independencia y la autosuficiencia y aboga por que los intereses del individuo prevalezcan sobre los de una comunidad, estado o grupo social. El individualismo está en contra de la interferencia externa en los intereses de los individuos por parte de instituciones como los gobiernos y otros actores estatales o no estatales.

Soy hija del individualismo, nací en 1982 y he vivido en la sociedad posmoderna en donde tengo libertades a las que no estaría dispuesta a renunciar. Sin embargo, lo que hizo que volviera mis ojos recientemente sobre este tema fue pensar un poco más en la idea que es trendy hoy en día, la invitación colectiva al amor propio. La comprendo y me he unido a esta propuesta porque soy terapeuta y llevo años escuchando a personas que no saben cómo amarse a sí mismas, que incluso se odian a sí mismas. Me he atrevido en ocasiones a pensar que es la herida central de toda persona que sufre cualquier trastorno de la salud mental, o problemática en su vida. He estado convencida que estas personas deben acallar sus entornos nocivos, los entornos críticos a su alrededor. Que se debe bajar el volumen de las voces externas y demandas de la sociedad para que las personas se escuchen más a sí mismas, y puedan salir a darse un lugar en el mundo. Que la sociedad no empática, ha atentado contra todes nosotres y nos debemos el derecho de poner a los demás en su sitio, un lugar afuera de tanto daño.

Pero, la cuestión no es tan simple. No somos sujetos aislados. Mientras vamos educando a una sociedad para que sea empática y amorosa, como una utopía de cuentos de hadas, la vida continua y seguimos siendo personas en el trasegar de conexiones vinculares con los demás. No existe un sujeto psicológico que no lo sea gracias a que está sostenido afectivamente por vínculos sociales. Y como todo lo que se vuelve trendy y hasta slogan deja de tener peso y se convierte en palabra vacía, también asisto de espectadora a la inundación de mensajes marketeables de “love yourself” que acaparan hasta las camisetas de las tiendas, y que se repiten como oraciones en las redes sociales, en los captions de fotos instagrameras de chicas en la playa sonriendo en un grandioso bikini, viéndose fabulosas por ayuda de excelentes filtros.

Love yourself, no escuches la mierda de los otros. Ámate y se compasiva contigo en todo momento. Todo este es el mensaje que se repite mientras a la vez no puedes evitar querer más likes en la publicación, o ansiar ganar más seguidores para tu cuenta. ¿Paradójico?.

Buscando sobre este tema me encontré con un texto del psicólogo Erich Fromm titulado Selfisshness and Self Love (egoísmo y amor propio) publicado en el Journal of Interpersonal process. El artículo me sorprendió, primero por la “y” de su titulo: no es una cosa o la otra, algo nos propone mirar lado a lado. Y segundo, también por el autor quien vivió hace muchos años, así que rematé mi sorpresa cuando vi que es un texto de 1939. Si, ¡1939! el señor Erich Fromm ya ponía en el papel un ensayo increíble sobre el Amor propio.

Y empieza contándonos de las ideas de Calvino y Kant, dos figuras influyentes en la filosofía y el pensamiento, el primero por gestor de la reforma protestante, y el segundo por aportarnos su lógica de la razón pura. Y es que no podemos dejar de lado que en la antigüedad se sembró una semilla que hasta nuestros días nos alcanza, así nos de mucha rabia: que ser egoísta es pecado y que amar a otros es virtuoso. Y nos dice Fromm que esta idea no es solo una flagrante contradicción a las prácticas de la sociedad moderna, sino que también es contrapuesta a otro conjunto de doctrinas, las que asumieron que el impulso legítimo y más poderoso en el ser humano es su egoísmo, y que cada individuo al seguir su impulso imperativo también hace su mejor aporte al bien común. Este segundo grupo de ideas fueron las que ayudó a promover otro pensador importante de la modernidad, Nietzsche. Pero la existencia de esta ideología posterior no afectó el enorme peso que tuvieron las doctrinas iniciales, tan vinculadas al cristianismo de la época, que asociaron el egoísmo como diabólico, y el amor y servicio a los otros como la principal virtud. Y como lo sintetiza Fromm, las alternativas se nos convirtieron en una disyuntiva: o amar primero a los otros como una virtud, o amarte a ti y priorizarte como un pecado y falta moral.

Decía Calvino, en su libro Institutes of Christian Religion, citado por Fromm:

“Por tanto, ni nuestra razón ni nuestra voluntad deben predominar en nuestras deliberaciones y acciones. No somos nuestros; por tanto, no nos propongamos como nuestro fin buscar lo que puede ser conveniente para nosotros según la carne. No somos nuestros; por lo tanto, dejémonos, tanto como sea posible, olvidarnos de nosotros mismos y de todo lo que es nuestro. Por el contrario, nosotros somos de Dios; a él, pues, vivamos y muramos. Porque, como es la más devastadora pestilencia que arruina a las personas que se obedecen a sí mismas, es el único refugio de salvación no saber ni querer nada por sí mismo, sino dejarse guiar por Dios que camina delante de nosotros.“

Así nos parezcan fuertes las palabras de Calvino, no olvidemos que similares han sido las de todas las religiones, y se fueron arraigando diferentes versiones de esta premisa moral que rigió por siglos a la humanidad. Además, no solo se quedaron en el ámbito del servicio a Dios, sino a los otros como vía de purificación. El deber era con el otro, y esto incluía la familia, el amo o señor feudal, la iglesia.

Nos dice Fromm: “Pero aún más importante que la sumisión a las autoridades externas fue el hecho de que las autoridades fueron interiorizados, que el hombre se convirtió en esclavo de un amo dentro de sí mismo en lugar de uno afuera” […] “Este maestro interno condujo al individuo a un trabajo incansable y a la lucha por el éxito y virtud moral, y nunca le permitió ser él mismo y disfrutar de sí mismo. Había un espíritu de desconfianza y hostilidad dirigido no sólo contra el mundo exterior, pero también hacia uno mismo”.

Por esto, la aparición de Nietzsche y con él todo un movimiento de la modernidad que buscó centrar a la sociedad en el individuo, restituir la importancia del encuentro del hombre con su propia capacidad, quitarle el carácter de pecado a las libertades individuales, fue muy importante. Nietzsche denuncia el amor y el altruismo como expresiones de debilidad y auto-negación. Para él, la búsqueda del amor es típica de los esclavos que no pueden luchar por lo que quieren y, por lo tanto, tratan de conseguirlo a través del amor. El altruismo y el amor por la humanidad es, pues, un signo de degeneración. Y aunque esto también nos suene a un brutal egotismo, vemos en la historia de los pensamientos humanos cómo necesitamos hacer contraposición desde posturas extremas y radicales. Y aunque no toda la filosofía de Nietzsche se reduzca a esto, debemos reconocer que históricamente aportó a la sublevación contra la esclavitud de nuestra negación psicológica y auto-sacrificio.

Así que aunque en tono muy reactivo, Nietzsche compartió con el mundo su visión de que hay una contradicción entre el amor a los otros y el amor a uno mismo. Aunque en sus mismas ideas luego estuvo el núcleo para resolver esta dicotomía errada. El amor que él ataca es uno que está enraizado no en la propia fuerza, sino en la propia debilidad. “El amor al prójimo es vuestro mal amor por vosotros mismos. Huís de vosotros mismos hacia vuestro prójimo y de buena gana haríais de ello una virtud. Pero entiendo su ‘altruismo”. Afirma explícitamente: “No pueden soportarse a sí mismos y no se aman suficientemente a sí mismos.”. El individuo tiene para Nietzsche un significado enormemente grande. El individuo “fuerte“ es aquel que tiene “bondad verdadera, nobleza, grandeza de alma, que no da para recibir, que no quiere sobresalir siendo amable.”

Es decir, que el corazón de sus ideas con respecto a esto, es que el amor a otra persona solo es una virtud si viene de la fuerza interna, pero es detestable si proviene de la incapacidad básica de ser uno mismo. Hermoso, ¿no?

Bueno, y ya Fromm en 1939 nos dice que se llevan años educando a los niños con frases “Don’t be selfish” (no seas egoísta) hasta impresas en carteles en las escuelas. Así que en palabras de Fromm, esta frase “se convirtió en una de las armas ideológicas más poderosas para suprimir la espontaneidad y el libre desarrollo de la personalidad”.

Y continúa: “Bajo la presión de este eslogan se le pide a uno todos los sacrificios y la sumisión completa: sólo son objetivos “desinteresados“ los que no sirven al individuo por su propio bien, sino por el bien de alguien o algo fuera de él”. Y es sorprendente esto porque tenemos aquí la evidencia del slogan de 1930, en la sociedad en que se estaba gestando el nazismo. Y ahora, nuestra sociedad se rige por el otro eslogan: “Be yourself”, ¿otra arma ideológica poderosa para restringir los alcances de la sociedad?.

Encuentro que en el ensayo de Fromm surgen las mismas preguntas que me he venido haciendo: ¿Apoya la observación psicológica la tesis de que existe una contradicción básica y el estado de alternancia entre el amor a uno mismo y el amor a los demás? ¿Es el amor por uno mismo igual al egoísmo?, ¿hay alguna diferencia o son de hecho opuestos?

De las premisas psicológicas que se plantea Erich Fromm y analizando lo que sabemos desde la psicología humana, él concluye: “no sólo los otros, pero también nosotros mismos somos el “objeto“ de nuestros sentimientos y actitudes; la actitud hacia los demás y hacia nosotros mismos, lejos de ser contradictoria, corre básicamente paralela”. El amor por los demás y el amor por nosotros mismos no son alternativas excluyentes. Tampoco son alternativas el odio hacia los demás y el odio hacia nosotros mismos. Por el contrario, se encontrará una actitud de amor por sí mismos en aquellos que son al menos capaces de amar a los demás. El odio contra uno mismo es inseparable del odio contra los demás, incluso si en la superficie parece lo contrario.

Ahora volvamos a la actualidad. Desde 1930 hasta 2022 un mundo ha cambiado, pero estas conclusiones de Fromm no. Sabemos que los problemas de autoestima están sembrados en los vínculos primarios y los entornos cercanos, con una principal influencia de aquellas interacciones vividas en la infancia. Nos amamos porque nos han amado. No podemos separar la necesidad humana de reconocimiento y apreciación venida desde afuera. Pero el mundo agitado de hoy, y tal vez la misma naturaleza humana que conlleva una buena cuota de agresividad, han hecho que nuestra autoestima sea hoy en día a veces tan difícil de construir como un rascacielos edificado por una sola persona.

Una forma aún sutil de aversión hacia uno mismo es la tendencia a la constante
autocrítica. La autocrítica es el pan de cada día para los terapeutas. Las personas viven en sus cabezas densos juicios permanentes que torturan, y que muchas veces les hacen sentir culpables por ser como son, actuar como lo hicieron o incluso desear lo que desean. Ya Fromm en 1930 nos decía que estas personas sienten que si cometen un error, descubren algo en sí mismos que no debería ser así, su autocrítica es totalmente desproporcionada con respecto a la importancia del error o la deficiencia. Deben ser perfectos de acuerdo con sus propios estándares, o al menos lo suficientemente perfectos de acuerdo con los estándares de la gente a su alrededor para que obtengan afecto y aprobación. Si sienten que lo que hicieron fue perfecto o si logran ganarse la aprobación de otras personas, se sienten a gusto. Pero cada vez que falta esto, se sienten abrumados por un sentimiento de inferioridad reprimido de otro modo.

Y desde esta realidad que nos carcome, germen de problemas y trastornos graves de salud mental es que como un nuevo Nietzsche, light y colorido en redes sociales, nos estamos hablando unos a otros invitándonos, y por qué no decirlo, hasta presionándonos a que no nos importen los estándares externos, las voces de la sociedad, de nuestras familias o entornos. Reconocemos que hemos sufrido por estándares nocivos de los que se ha aprovechado el capitalismo y el marketing. Pero, rápidamente caemos de nuevo en la misma errada dicotomía: el otro o yo. Nos queremos proponer amarnos a nosotros mismos en una suerte de autoerotismo en donde también podemos ser bastante condescendientes con nuestras limitadas perspectivas de la vida, o nuestras formas de actuar -que ya no quieren escuchar ni una crítica más de afuera- y así quedarnos inconscientemente en la comodidad de nuestros puntos ciegos, sin evaluarnos para mejorar. Evaluarnos con amor, pero finalmente todos necesitamos crecer atravesando lo incómodo de reconocernos errados.

Es decir, que al menos lo que yo percibo, es que la consigna de amarnos a nosotros enalteciendo nuestro individualismo se materializa en el mundo contemporáneo con una negación del otro que conlleva odio y enojo hacia lo externo, y que solo puede estar siendo otro síntoma de la atadura al dolor de no haber sido bien amado y reconocido por el otro. Como el adolescente que se rebela indignado queriendo negar a su madre, pero aún necesita su aprobación. Y finalmente nunca matará a su madre dentro de sí. Lo acepta con la adultez, a veces. Tal vez veo a la sociedad dando vueltas en una adolescencia. Reclamar ese derecho a costa de negar al otro, es más de lo mismo. Y fortalecer la idea de que amarse a uno mismo es excluir la crítica -la sana crítica- y tal vez buena percepción del otro sobre nosotros, también puede dejarnos en un mundo que por respeto al individualismo y aceptación total de uno mismo, se confunda con autocomplacencia y narcisismo, que implica la retira del afecto a lo externo diferente y la concentración toda en mí. Y todo este ego proviene de una herida de autoestima.

Tal vez una sanación de esta herida que traemos de siglos, sea más una invitación a aceptar la compleja interrelación de los otros y el individuo, y a amar las posibilidades que ahí se encuentran sin negar la importancia de ninguno. Por supuesto esto llevado a la vida cotidiana, se aplicaría mejor si nos educamos para construir procesos de poner límites sanos a lo externo sin culpa, y a la vez permitirnos escuchar lo externo sin angustia por nuestra imperfección. En lo que ha fallado la sociedad es en enseñarnos a amar en tal empatía que esta disyuntiva que me hace elegir ni siquiera tuviera que existir.

Por Emma Sánchez


Referencias:

Tomadas de: Fromm, E. 1939: Selfishness and Self-Love. Journal of Interpersonal Processes.Vol. 2. pp. 507-523. Washington. https://lioncel.tripod.com/sitebuildercontent/sitebuilderfiles/frommselfishnessandselflove.pdf

Citados por Fromm: Nietzsche y Calvino. Referencias en artículo anterior.

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